Bill Kauffman: Regresa a casa, América

georgemcgovern

En la inclinada pared sobre mi escritorio está pegada un largo póster “Come Home America/ Vote McGovern Shriver’72”. Diseñado por el artista Leonard R. Fuller, el collage llena el contorno de Estados Unidos con imágenes iconográficas, santuarios históricos, y fotos de desposeídos pero distintivos americanos. El mensaje de paz y hermandad, y el retorno de los ideales de los Padres Fundadores. El ambiente es de un hippie de clase cívica, anti-bélica esposa de rotario, liberal profesor de universidad comunal que llora en “America the Beautiful”. Como George McGovern mismo, el póster sugiere que un esperanzado y patriótico radicalismo moderado reside en la América cotidiana. O como Elvis Costello y Nick Lowe una vez preguntaron: ¿qué es tan gracioso acerca de paz, amor y entendimiento?

Incluso ahora, 33 años después de que el Senador George McGovern de Mitchell, South Dakota fue enterrado por Richard M. Nixon bajo un voto electoral arrollador 520-17-1 (el elector por Virginia, Roger McBride, heredero de una mina de oro en un pequeña casa en la pradera, cambió Nixon por el libertario John Hospers), “McGovernismo” queda en Washington D.C. como abreviación de un liberalismo paródico que es, a primera vista, ineficiente, licencioso y confuso. Representa “ácido, amnistía y aborto”, como lo pusieron la facción Humphrey-Jackson de los demócratas.

Pero tal vez, al tiempo que George McGovern envejece con dignidad y el país no lo hace, es tiempo para detenerse a mirar a McGovern a través de los lentes de Scoop Jackson y esos publicistas neoconservadores que tan a menudo trazan su desencanto con el Partido Demócrata en aquella campaña de 1972. ¿Qué pasa si nos reenfocamos en la imagen y vemos que de George McGovern no encaja con la caricatura? Hijo de un ministro metodista Wesleyan que había jugado segunda base en el St. Louis Cardinals sistema de granjas, este otro George McGovern reverenciado por Charles Lindbergh como “nuestro más grande americano” y contaba entre sus más felices memorias aquellos “rebosantes de alegría experiencias con mi padre” cazando faisanes. Él fue votado “el más representativo graduado” en su secundaria y fue a la universidad a la vuelta de la esquina, caminando una milla a Dakota Wesleyan y luego regresando a casa para la cena.

Este otro George McGovern que fue piloto de combate que piloteo 35 misiones B-24 en el Dakota Queen, nombrado después de su esposa, Elanor Stegeberg de Woonsocket, South Dakota, quién él había cortejado en la pista de patinaje de Mitchell.  El creció y continua como congregante en la Primera Iglesia Metodista Unificada de Mitchell; el conoce de corazón varios “viejos himnos” y los canta fuerte “con el gusto de aquellas devotas congregaciones que han cambiado mi vida hace tantos años”. Este otro George McGovern es un fan de toda la vida de los St. Louis Cardinals y miembro en buenos términos de la Sociedad Stan Musial. Él vive la mayor parte del año en Mitchell, su ciudad natal, y dice, “Hay algo saludable acerca de la vida en un Estado rural que es un factor importante. Eso no garantiza que tu vayas a ser un buen muchacho solo porque tu creciste en un área agrícola, pero yo creo las chances son mejores, porque el sentido de bienestar, la confianza en la decencia de la vida que viene no solo de trabajar con la tierra sino también con la gente que vive en la tierra. La vida tiende a ser más auténtica y menos artificial que en las áreas urbanas.

Este George McGovern, impregnado profundamente en la tierra Americana, es contundentemente más interesante que la caricatura que fue retratada por sus críticos neoconservadores.

En una clemente mañana de noviembre, yo hablé con el Senador McGovern en su cuarto en el Hotel Jefferson en Washington.  Él estaba en la ciudad para servicio fúnebre de su amigo el Senador Gaylord Nelson (Demócrata – Wisconsin), otra baja de los 80s, cuando un grupo de leones de senadores demócratas liberales fueron derrotados por la Nueva Derecha de republicanos de “valores familiares”, muchos de los cuales tenía vidas familiares más inconvencionales que los liberales.

Atacado por Terry Dolan y NCPAC, McGovern fue derrotado 58-39% por un inelocuente James Abnor. McGovern puede reírse de la perversidad de la elección de 1980. “Me molestó, también fue algo que dio risa. Un grupo llamado American Family Index nos clasificó. Yo salí con cero, Jim Abdnor obtuvo un puntaje perfecto. Yo soy alguien que ha estado casado por 37 (ahora 62) años con cinco hijos y diez nietos, y estoy compitiendo con Jim Abdnor, un soltero de 58 años que obtiene un 100%. No estoy contra los solteros de 58 años ni por un minuto, pero, ellos difícilmente son un símbolo que promueva la familia americana”.

McGovern es, como pueden adivinar, un oponente a la Guerra de Vietnam y la administración Bush, que el encuentra consternadamente anti-conservadora. “Me gustan los conservadores”, él dice, citando a Bob Dole y Barry Goldwater. “Yo siempre admire a Bob Taft”. Él sonríe. “Pero no me gustan esos neoconservadores para nada. Ellos tienen la visión de que somos más poderosos que cualquier otro país y que debemos dirigir el mundo, nada del negocio de la coexistencia. Yo pienso que eso es simplemente terrible. Eso no conservadurismo, y no es liberalismo tampoco. Es una nueva doctrina que yo encuentro aterradora. Si Iraq todavía no nos ha desencantado, hay una gran cantidad de países que van a imitarnos. Eso no es conservadurismo para mí.”

Yo pregunto si Irak es todavía un desastre de política exterior tipo Vietnam. “La cantidad de bajas no es ni siquiera cercana”, responde, “pero la asunciones han sido igual de despistadas. Vietnam fue la expresión lógica de la ideología de la Guerra Fría en la que operábamos hace medio siglo. Si tú aceptas la visión que teníamos que confrontar comunismo donde sea que se dirija, Vietnam se hacía completamente lógico.” (McGovern cita con aprobación a su compañero de cazaría de faisanes, el profesor de historia de la Universidad de South Dakota, Herbert Schell, quién dijo a un reportero en 1972, “Él es único nominado de cualquiera de los dos partidos desde la Segunda Guerra Mundial que no ha aceptado las asunciones de la Guerra Fría.” Bob Taft también habría estado en la lista, de haber sido el nominado republicano en 1948 o 1952.)

¿Qué recomendación brinda McGovern, uno de los primeros demócratas en disentir contra contra una guerra demócrata en los sesentas, tiene para los republicanos anti-bélicos? “Hagan un poco más de ruido,” él dice. El señala a los republicanos del congreso  que votaron en contra de la Guerra de Irak. “Ellos son el tipo de republicanos que siempre he admirado. Están cerca de dónde mi padre hubiera estado. Él fue un republicano toda su vida. Mi padre fue un gran admirador de Bob La Follette y voto por el cuándo se lanzó para presidente. Es una honorable tradición de republicanos disidentes.” (Uno de los entusiasmos tempranos de McGovern como senador fue un impuesto a las ganancias bélicas que viene de frente de la tradición La Follette.)

Con el senador republicano de Oregon y neo-taftiano Mark Hatfield, McGovern fue proponente de la 1970 McGovern-Hatfield “Enmienda para dar fin a la Guerra”, que llamó al retiro de las tropas americanas de Vietnam y “el fin de todas las operaciones militares en Vietnam, Laos, Camboya y Laos antes del 31 de diciembre de 1971.”

Impaciente con crónica paciencia, con la clase de eunucos que te dicen que detrás de las puertas cerradas que están en contra de la guerra pero no quieren poner en riesgo su posición haciendo pública, McGovern le dijo a sus colegas, “Cada senador en esta cámara es en parte responsable por enviar 50000 jóvenes americanos a una tumba anticipada. La cámara exuda sangre.”

Todavía lo hace, senador. Todavía lo hace.

Robert Sam Anson escribió en McGovern, una elegante biografía, “A la extensión que la visión de la vida es delimitada por ciertos, valores inmutables; la importancia de la familia, la dependencia de la naturaleza, la fuerza de la comunidad, el valor de las cosas vidas; él es un conservador. El no busca tanto cambiar América más bien restaurarla, para retornar a aquellos días iniciales de la República, que creemos, inocentemente o no, fueron fundamentalmente decentes, humanos y justos. Como los populistas, él está dispuesto a apostar por medios radicales para lograr su fin. Eso queda en él, aunque, al igual que con los populistas, permanece una desconfianza en el gobierno, una sospecha de lo grande en todas sus formas.”

Le leo eso a McGovern. ¿Hubo un “conservador” lado suyo que la gente de algún modo perdió?

“Absolutamente”, él replica. “Yo recuerdo. Yo soy un liberal confirmado, pero pienso hay un aspecto conservador en el liberalismo en su mejor sentido”: conciencia de sus límites, respeto de la tradición, amor por la familia. Por ejemplo, McGovern escribiendo su autobiografía, “Yo prefiero las casas viejas o iglesias o edificios públicos que son construidos para la posteridad en vez que las estructuras modernas que cada vez se deterioran. Yo me siento incomodo con cualquier traducción de la Biblia excepto magnífica versión King James.” El rastra esa “sentido de estabilidad y permanencia” a su frugal familia de metodistas de Dakota.

“A lo largo de su carrera política, George McGovern ganaba elecciones conceptualizando a sus constituyentes como pacíficos agricultores cristianos,” escribió el politólogo Gary Agiar de Universidad Estatal de South Dakota. Él hablaba fluido el dialecto de South Dakota as como hablaba como liberal, y cuando interrogado en 1972, “¿Quién realmente nos selecciona para jugar a ser dios con la gente de todo el mundo?”, él estaba colocado en la llanura de tierra tan seguro como Scoop Jackson viajando en primera clase.

Por compartir el escepticismo de su padre acerca de cruzadas militares, McGovern, poseedor de la Distinción de la Cruz Voladora, fue burlado por ser “débil en defensa. Stephen Ambrose, quién escribió la carrera militar de McGovern en el Loco Azul, pensó que el debió haber usado su experiencia como piloto de combate “para un mayor efecto en su campaña presidencial de 1972.”

“Fue un error politico”, McGovern me dice, “pero siempre me sentí un poco tonto hablar de record de guerra, qué clase de héroe era. ¿Cómo haces eso?”

Bueno, tú no lo haces cuando eres cortés, un tipo decente de Mitchell, South Dakota; incluso cuando tú has sido ridiculizado como nervioso Nellie por comandantes de think-tanks quienes nunca sabría distinguir entre un Garand M-1 y una granada. LBJ ha urgido a McGovern que se venda a sí mismo como un ángel vengador del cielo pero McGovern se opuso, diciendo que “no estaba en la naturaleza de mi campaña entrar en un constante ejercicio de auto-felicitación autobiográfica.”

McGovern perdió no solo porque fue un piloto de combate que se metamorfoseo en un sumisivo apóstol de la pacificación. Su desastrosa selección de un deshonesto paciente mental Thomas Eagleton como su primer candidato vice-presidencial descarrilo la campaña saliéndose de la convención. (Hunter S. Tompson es brilliantemente salvaje con el falso mártir de Eagleton en su Fear and Loathing on the Campaign Trail ’72, el mejor libro de la elección. El disparo que dejó inválido a George Wallace previno una probable candidatura en un tercer partido por Wallace que habría atraído entre el 15-20% del voto en la elección general y voltear un número de estados a McGovern.

Yo supongo que ningún demócrata habría podido derrotar a Nixon en 1972. Su popularidad estaba mantenida a flote por una decentemente fuerte economía, distensión con la Unión Soviética, apertura con China, y rumores de paz con Vietnam. Pero igual, imaginarse a George McGovern postulándose no como una ultraliberal caricatura sino como un metodista de un pequeño pueblo del medio oeste, un héroe de guerra muy modesto para alardear de su hazaña, un liberal con un simpático entendimiento de la conservadora América rural. Eso George McGovern le habría dado pelea a Nixon por el dinero de Maurice Stan.

En su autobiografía Grassroots, McGovern escribe que “hasta este día sigo siendo adicto a las películas y aquellos que actúan en ellas.” Siempre estuvo un poco deslumbrado por las estrellas, y fue recíproco: en la campaña de 1972 varias presento prominentemente Warren Beatty, Shirley MacLaine, Dennis Weaver, y otras estrellas de diferentes magnitudes. Por cierto, la presencia latente en la campaña de McGovern de un mancha de decadencia hollywoodense en parte borró al McGovern, metodista de South Dakota, que le hubiera ido mucho mejor en la América rural. “Yo me preguntó eso acerca de mí mismo,” McGovern dice. “Yo todavía valoro su apoyo, pero puede haber distorsionado la imagen de South Dakota.”

En cuanto a ácido, amnistía, y aborto, la posición de McGovern ahora se ve positivamente moderada: está a favor de descriminalizar la marihuana; el sostiene estar en contra “la intrusión del gobierno federal” en las leyes de aborto, que deberían ser dejada a los estados; y, como una vez me dijo, “No podría dar amnistías en tanto que la guerra siga en curso, pero una vez terminada, concedería amnistías tanto a aquellos que planificaron la guerra como los que rehusaron participar en ella. Pienso que esa es de algún modo una posición conservadora.”

En el final de la campaña de 1972, McGovern estaba buscando inciertamente a través de verdades que existían más allá de las casillas de izquierda y derecha. “El gobierno se ha constituido en algo tan grande e impersonal que sus intereses divergen cada vez más y más de los intereses de los ciudadanos ordinarios,” él dijo dos días antes de la elección. “Para una generación y más, el gobierno ha tratado de cumplir con nuestras demandas multiplicando su burocracia. Washington ha tomado demasiado en impuestos de la gente y la gente ha recibido tan poco a cambio. No es necesario centralizar el poder para resolver nuestros problemas.” Considerando que Nixon “acríticamente engancho infladas burocracias, tanto civiles como militares”, McGovern prometía “descentralizar nuestro sistema.”

En el desorden caótico de la campaña, uno discierne motivos que colocan a McGovern en un avión completamente diferente que la apagada antesala de perderdores demócratas, los Mondales y Dukakises y Humpreys y Kerrys. George McGovern tenía convicciones, como Barry Goldwater en 1964, el defendía una serie de ideales en pasado americano. Después de la petulante partida de Eagleton, McGovern eligió como candidato vicepresidencial a un subestimado Sargent Shriver, miembro fundante del America First Comitee, un católico pro-vida que admiraba a Dorothy Day.

No como el rabioso Ed Muskie, quien consideró la victoria de George Wallace en las primarias de Florida como un triunfó del racismo, McGovern daba crédito al atractivo de Wallace hacia “un sentido de impotencia en la cara del gran gobierno, grandes corporaciones, y grandes sindicato.” El preguntó a Wallace por su apoyo, sin embargo todavía lo recuerda con un sonrisa, “él dijo, ´Senador, si yo lo apoyo, yo voy a perder la mitad de mis seguidores y usted la mitad de los suyos.´” Bueno, tal vez, gobernador, pero solo piense en las posibilidades de un frente unido con las mitades restantes.

“No es prejuicio temer por la seguridad de tu familia o resentir las inequidades de impuestos. … Es tiempo de reconocer esto y dejar de etiquetar a las personas como ´racistas´ o ´militantes´, hay que parar de poner gente en diferentes casillas, hay que parar de incitar a un americano contra otro americano,” dijo McGovern, quien llamó al voto de por Wallace “un molesto llanto desde adentro de los americanos ordinarios contra un sistema que no parecía importarle nada acerca de lo que realmente molesta a la gente en este país hoy día.” Sin embargo McGovern defendió el autobús escolar, en el que los niños son removidos, sacados fuera de sus vecindarios, y la despiadada guerra que se está infligiendo a los católicos de clase trabajadora.

Mira: George McGovern fue un liberal demócrata. El voto por los programas de bienestar de cualquier forma y tamaño; su filosofía antes y ahora era producto, él decía del movimiento del góspel social, que traducía la cristiandad en un intervencionista Estado de bienestar.

Pero aunque no lo suficientemente frecuente, el McGovernismo combinaba la democracia participativa de la Nueva Izquierda con un populismo de pequeña ciudad del alto medio oeste. En un par de discursos de abril de 1972, el parecía secundar el punto Barry Goldwater quién en 1968 señalo a su ayudante Karl Hess que “cuando las historias sean escritas, yo apostaría que la Vieja Derecha y la Nueva Izquierda serán puestas como teniendo mucho en común y que la gente en el medio era la enemiga.”

“La mayoría de americanos ve la clase dirigente como vacío, decadente vacío que no ordena ni su confianza ni su amor,“ McGovern asegura en uno de sus grandes desconocidos discursos de campaña de la historia americana. “Es que la clase dirigente que nos ha llevado más estúpida y cruel guerra de la historia americana. Esta guerra es un desastre moral y político -un terrible cáncer que come el alma de una nación. … No fue el trabajador americano el que diseño la Guerra de Vietnam o nuestra maquinaria militar. Fue la clase dirigente de hombres sabios, los académicos del centro, Como Walter Lippmann dijo una vez, ´No hay nada peor que un profesor beligerante.´”

Tratar de imaginar un congresista demócrata, menos un candidato presidencial, diciendo mucho hoy día. No es sorpresa que los escribanos del sofocador centro no tengan más potente maldición en su repositorio que el “McGovernismo.”

El candidato McGovern llamó al retiró de Vietnam y Corea del Sur y una parcial retirada de las tropas de Europa. En su discurso de aceptación que fue exquisitamente mal planeado fue presentado a las 3:00 a.m. hora del este, o horario central en Guam, McGovern declaró, “Este es también es el tiempo de nuestra excesiva preocupación en el extranjero para reconstruir nuestra propia nación.” Cierra los ojos y tú puedes oir el acento de la pradera de McGovern cantando el último disco de Merle Haggard: “Vámonos de Iraq y volvamos a poner las cosas en marcha/Y reconstruir América primero.”

“Regresa a casa, América,” McGovern prometió en la campaña de 1972. “Regresa a casa de las montañas de innecesaria guerra y excesivo militarismo.”

“Regresa a casa, América,” el más conmovedor, más resonante, más verdaderamente político eslogan de la historia de nuestra república, fue sugerido por Eleonor McGovern después de ver la frase en un discurso de Martin Luther King. Pero era el eco de los pacíficos sueños de los viejos aislacionistas rurales y porque eso generó un definido contraste entre los fundadores y la condición de la América moderna, McGovern fue ridiculizado por el eslogan de los centuriones vitalicios.

“Tarde en la campaña ya habiendo visitado a Clark Clifford,” recuerda McGovern “y yo dije, ´Clark, solo por curiosidad, qué piensas del eslogan, Regresa a casa, América?´ El dijo, ´Bueno, George, para ser honesto, contigo, no sé qué significa.´”

Claro que él no sabía. Ninguna pegatina que Clark Clifford entendiera podría haber valido la pena si hubiera estado el vinilo impreso.

“Comida, granjeros y sus compañeros –aquellos son las primeras piedras en las cuales George McGovern ha construido su filosofía de vida,” señala una halagadora pieza periodística del inicio de la carrera del senador, y en su retiro el retorno a vivir esa trinidad.

Nombrado embajador de Estados Unidos por el presidente Clinton para Agencia de Comida y Agricultura de la ONU, McGovern hizo lobby para programa de desayuno estudiantil universal financiado parcialmente por una contribución de $1.2 billones anuales de contribución norteamericana. Como un aislacionista escéptico de la ayuda internacional, me es posible restringir mis aplausos, pero estoy seguro es mejor gastar un billón comprando desayunos para los niños de Bangladesh que $300 billones ocupando Iraq.

En su último libro, La América Esencial, McGovern mantiene la fe de 1972. “Vamos apoyar a los tropas trayéndolas a casa con sus familias antes que enviarlas al exterior bajo la ridícula noción de lo que nuestro presidente ha llamado ‘guerra preventiva´,” el señala. Las mezquinas tiranías e indignidades de nuestra Guerra contra el Terror lo molestaban: “No tengo temor de batallar contra alguien amenazándome con  una cuchilla. Lo qué me llena de furia es ver una pequeña frágil anciana tratando de sacarse los zapatos para ser revisada, para que tropiece con alguna chuchería que podría poner en peligro la república.” El cita a Dwight Eisenhower más largamente que a cualquier otra figura política en La América Esencial. El discurso de despedida de Eisenhower advierte de los peligros del complejo industrial-militar es virtualmente prensa subterránea en la época del Departamento de Seguridad Nacional; cuando McGovern continua afectuoso por Adlai Stevenson, el admite que en la era de Post-Guerra, Ike “fue el mejor presidente en reconocer los peligros del excesivo gasto militar. También él mostró gran coraje en parar el movimiento israelí contra Egipto sobre el Canal de Suez.”

El considera la Patriot Act “completamente innecesaria … una contradicción a la carta de derechos” y aconseja resistir si es que la policía federal viene a buscar nuestras tarjetas de la librería: “yo iría a la cárcel en vez de aceptar tal invasión a mi libertad como americano.”

A los 83, George McGovern sigue siendo una voz por la paz y la libertad en un partido que está a punto de nominar a una institutriz militar Hillary Clinton como candidata presidencial. Oh, cómo los demócratas les podría servir un vigorizante trago de McGovernismo.

Artículo original publicado por Bill Kauffman y reimpreso por James Tuttle el 22 de octubre de 2012.

Traducido del inglés por Camilo Gómez

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Acerca de Camilo Gómez

My main interests are history, politics, international relations, film and music. Twitter: @camilomgn
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