Claudio Uriarte sobre el periodismo

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Iluminista primero, el periodismo se volvió izquierdista a los ritmos de la historia del socialismo, el marxismo, la socialdemocracia y el revolucionarismo leninista. Anarquistas, contestatarios y socialistas primitivos tuvieron a la palabra escrita en el mismo lugar de trascendencia social que el iluminismo burgués; Marx y Engels, como lo prueban en El 18 Brumario de Luis Bonaparte o el Manifiesto Comunista, no desdeñaron formas periodísticas o semiperiodísticas; la socialdemocracia alemana era notable por su erudición, sus periódicos, sus bibliotecas y sus archivos; la teoría revolucionaria de Lenin proponía que el “organizador colectivo del Partido” fuera nada menos que un diario, aptamente llamado Iskra (La chispa) −el incendio revolucionario iluminaría la oscuridad rusa− y Trotsky relata en sus memorias con estremecimientos casi sensuales el placer que le causaba abrir el diario del día. El periodismo, de hecho, fue a menudo la ocupación “burguesa” del revolucionario profesional, tanto un vector de agitación como un medio de vida.

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Carl Oglesby sobre los rebeldes

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¿Qué es el libertarismo de izquierda?

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El libertarismo de izquierda ha generado mucho ruido últimamente en la comunidad libertaria estadounidense. El término “libertario de izquierda” se ha utilizado de muchas maneras en la política estadounidense, y parece que hay cierta confusión dentro de la propia comunidad libertaria acerca de quiénes son en realidad los libertarios de izquierda.

Las ideas básicas del libertarismo de izquierda, tal como las entendemos los que pertenecemos a la Alianza de la Izquierda Libertaria (ALL) y al Centro para una Sociedad sin Estado (C4SS), son más amplias de lo que postulan nuestras organizaciones por sí mismas. La década de los años 90 fueron una especie de era del motor de vapor para la idea general de un libertarismo con orientación de izquierda, y para el uso de las ideas de libre mercado como un arma contra los males del capitalismo corporativo; una serie de pensadores han desarrollado líneas paralelas de análisis de forma independiente el uno del otro, y se han convertido en una tendencia ideológica amplia y unida por vínculos relativamente flexibles. Pero teniendo en cuenta el papel desproporcionado que ALL y C4SS han jugado en la creciente importancia de esta tendencia, parece sensato explicar de dónde venimos y lo que entendemos que es el libertarismo de izquierda.

El uso más antiguo y más amplio del término “libertario de izquierda”, y que tal vez sea el más familiar para aquellos en el movimiento anarquista en general, se remonta a finales del siglo XIX e incluye a prácticamente toda la izquierda no-estatista, horizontalista o decentralista — básicamente a todo el mundo menos a los socialdemócratas y a los leninistas. Originalmente fue utilizado como sinónimo de “socialista libertario” o “anarquista”, y solía incluir a sindicalistas, comunistas consejistas, a los seguidores de Rosa Luxemburgo y Daniel DeLeon, etc. Muchos de nosotros en C4SS nos consideraríamos parte de esta comunidad libertaria de izuqierda más amplia, a pesar de que lo que queremos decir cuando decimos que somos “libertarios de izquierda” es más específico.

Para el público en general de hoy en día, puede que el “libertarismo de izquierda” evoque a una escuela de pensamiento representada durante los últimos veinte años por gente como Hillel Steiner y Peter Vallentyne, entre otros. La mayoría de los seguidores de esta filosofía, combinan la creencia en la soberanía personal y el principio de no agresión con ideas izquierdistas acerca de la limitada medida en que los individuos pueden desasociarse del comunal, y adquirir derechos ilimitados de disposición sobre él con simplemente combinar su trabajo con éste. Se solapa en gran medida con el Georgismo y el Geolibertarismo. Aunque esta versión del libertarismo de izquierda no abarca a lo que promovemos en ALL/C4SS, y algunos de nuestros miembros se opondrían a aspectos de la misma, es fácil imaginar a un adherente de esta filosofía que se sintiese como en casa entre nosotros.

Dentro de la comunidad libertaria anglosajona, y entre los que se describen como “liberales” en el resto del mundo, el término “libertario de izquierda” podría estar asociado con el intento de Murray Rothbard y Karl Hess de forjar una alianza con los anarquistas en la SDS alrededor de 1970, y con los movimientos como el agorismo de Sam Konkin que crecieron a partir del mismo. Aunque el rothbardismo de izquierda y el agorismo de Konkin no son la posición oficial de ALL/C4SS, sería justo decir que tenemos una cierta continuidad organizativa con el Movimiento de la Izquierda Libertaria de Konkin, y una parte significativa de nuestra membresía central más antigua viene de la tradición rothbardiana de izquierda y konkinista. Yo, por ejemplo, no vengo de ninguna de esas dos tendencias. Somos una coalición multi-tendencia que incluye rothbardianos de izquierda, anarquistas individualistas clásicos del siglo XIX, georgistas, y muchas otras tradiciones.

También hay una tendencia entre los libertarios estadounidenses a confundirnos con los “Libertarios idealistas” [Bleeding Heart Libertarians], que en realidad es el nombre de un blog específico. Aunque en ese blog hay unos cuantos artículos buenos y han publicado algunas de nuestras cosas, no somos libertarios idealistas como tales. Los libertarios idealistas son mucho más afines al fusionismo “liberaltario”, con desviaciones que van desde el “paternalismo libertario” de Cass Sunstein a la defensa de los talleres clandestinos y los asentamientos israelíes. Por no hablar de que la mayoría de ellos no son anarquistas y nosostros sí.

Así que ahora que hemos considerado todas las cosas que no somos en ALL/C4SS, y lo que no queremos decir con “libertarismo de izquierda”, ¿qué es lo que realmente representamos? Nosotros nos autodenominamos libertarios de izquierda, en primer lugar, porque queremos rescatar las raíces izquierdistas del libertarismo de libre mercado, y en segundo lugar, porque queremos demostrar la pertinencia y utilidad del pensamiento de libre mercado para abordar las preocupaciones actuales de la izquierda.

El liberalismo clásico y el movimiento socialista clásico de principios del siglo XIX tuvieron raíces comunes muy afines en la Ilustración. El liberalismo de Adam Smith, David Ricardo y otros economistas clásicos, era en gran medida un asalto izquierdista contra los arraigados privilegios económicos de la gran oligarquía terrateniente Whig y el mercantilismo de las clases adineradas.

A medida que los industriales en auge derrotaron a los terratenientes y mercantilistas Whig en el siglo XIX y ganaron una posición predominante en el Estado, el liberalismo clásico fue adquiriendo el carácter de una doctrina apologética en defensa de los intereses arraigados del capital industrial. A pesar de eso, las vetas de izquierda – incluso socialistas – del pensamiento de libre mercado sobrevivieron en los márgenes del liberalismo establecido.

Thomas Hodgskin, un liberal clásico que escribió desde 1820 hasta 1860, era también un socialista que veía la renta, las ganancias y los intereses como rendimientos monopólicos sustentados en privilegios y derechos de propiedad artificiales. Josiah Warren, Benjamin Tucker y otros individualistas estadounidenses también favorecieron una forma de socialismo de libre mercado en el que la libre competencia destruiría la renta, las gangncias e intereses y garantizaría que “el salario natural del trabajo en un mercado libre fuese su producto”. Muchos anarquistas individualistas asociados con el grupo Libertad de Tucker tenían estrechos vínculos con movimientos laborales radicales y grupos socialistas como los Caballeros del Trabajo, la Asociación Internacional de los Trabajadores y la Federación Occidental de Mineros.

Esta rama del libertarismo era también izquierdista desde un punto de vista cultural, estrechamente asociada con los movimientos por la abolición de la esclavitud, por la igualdad racial, el feminismo y la libertad sexual.

A medida que las guerras de clase del siglo XIX se desarrollaban, la retórica de “libre mercado” y de “libre empresa” en la política convencional estadounidense se asoció cada vez más con la defensa militante del capital corporativo frente a los desafíos radicales del movimiento populista laboral y granjero. Al mismo tiempo, la división interna dentro del movimiento anarquista entre los comunistas y los individualistas dejó a los últimos aislados y vulnerables a la colonización por parte de la derecha. En el siglo XX, “el libertarismo de libre mercado” llegó a estar estrechamente asociado con las defensas derechistas del capitalismo esgrimidas por Mises y Rand. La tradición individualista sobreviviente fue despojada de sus antiguas tradiciones culturales izquierdistas, pro-laborales y socialistas, y asumió un carácterde derecha cada vez más apologético.

Sin embargo, incluso entonces algunos remanentes de la tradición de izquierda más antigua sobrevivieron en el libertarismo estadounidense. En particular, georgistas y cuasi-georgistas como Bolton Hall, Albert Nock y Ralph Borsodi siguieron dando vueltas por ahí más allá de la mitad del siglo XX.

Los que pertenecemos a la Izquierda Libertaria consideramos absolutamente perverso que el libertarismo de libre mercado, una doctrina que tuvo sus orígenes como un ataque contra el privilegio económico de los terratenientes y comerciantes, haya sido cooptado en defensa del poder establecido de la plutocracia y las grandes empresas. El uso del “libre mercado” como una ideología legitimadora para el capitalismo corporativo triunfante, y el crecimiento de una comunidad de propagandistas “libertarios”, es una perversión de los principios del libre mercado tanto como la cooptación de los símbolos y la retórica del movimiento socialista histórico por parte de los regímenes estalinistas fue una perversión del movimiento de la clase obrera.

El sistema capitalista industrial que la corriente libertaria convencional ha estado defendiendo desde la mitad del siglo XIX nunca se ha aproximado en lo más mínimo a un régimen de libre mercado. El capitalismo, como sistema histórico que surgió en la época moderna, es en muchos sentidos una consecuencia directa del feudalismo bastardo de la Baja Edad Media. Se fundamentó en la disolución de los campos abiertos, el cercamiento de las tierras comunales y otras expropiaciones masivas de los campesinos. En Gran Bretaña la población rural no sólo fue transformada en un proletariado desposeído y coaccionado hacia el trabajo asalariado, sino que también se criminalizó su libertad de asociación y de circulación con la implementación de un Estado policial draconiano durante las dos primeras décadas del siglo XIX.

A nivel mundial, el capitalismo se expandió como sistema mundial a través de la ocupación colonial, la expropiación y la esclavización de gran parte del Sur global. Decenas y cientos de millones de campesinos fueron despojados de sus tierras por las potencias coloniales, obligándolos a entrar en el mercado de trabajo asalariado, y sus antiguas tenencias fueron consolidadas para la agricultura de cultivos comerciales en una especie de reedición mundial de los Cercamientos de Gran Bretaña. Tanto en tiempos coloniales como post-coloniales, las tierras y los recursos naturales del Tercer Mundo fueron cercados, robados y saqueados por los intereses comerciales occidentales. La actual concentración de la tierra del Tercer Mundo en manos de las élites terratenientes que producen en connivencia con los intereses de la agroindustria occidental, y de los recursos de petróleo y minerales en las manos de las corporaciones occidentales, es una herencia directa de cuatrocientos años de robo colonial y neo-colonial.

Los que nos identificamos con la Izquierda Libertaria tal como la entendemos en C4SS queremos arrancar los principios del libre mercado de las manos de los asalariados de las grandes empresas y la plutocracia y volver a usarlos en función de su propósito original: de un asalto total contra los intereses económicos atrincherados y las clases privilegiadas de nuestro tiempo. Si el liberalismo clásico de Smith y Ricardo fue un ataque contra el poder de los oligarcas terratenientes partidarios del Whig y los intereses adinerados, nuestro libertarismo de izquierda es un ataque a lo que más se parece a eso en nuestro tiempo: el capital financiero global y las corporaciones transnacionales. Repudiamos el papel del libertarismo dominante en la defensa del capitalismo corporativo en el siglo XX y su alianza con el conservadurismo.

En la Izquierda Libertaria queremos demostrar la pertinencia de los principios de libre mercado, de libre asociación y de cooperación voluntaria para abordar las preocupaciones de la izquierda de hoy en día: la injusticia económica, la concentración y la polarización de la riqueza, la explotación del trabajo, la contaminación y los residuos, el poder empresarial, y las formas estructurales de opresión como el racismo, el sexismo, la homofobia y la transfobia.

Dondequiera que se haya perpetrado el robo o la injusticia, tomamos una firme postura a favor de la plena rectificación. Dondequiera que persista la propiedad de la tierra por parte de élites neo-feudales, debe ser tratada como propiedad legítima de aquellos cuyos antepasados la ​​han trabajado y utilizado. Los campesinos expulsados ​​de la tierra para levantar cultivos comerciales para Cargill y ADM deben ser reestablecidos como legítimos propietarios. Las haciendas en América Latina deberían abrirse para que los campesinos sin tierra puedan ocuparlas productivamente. Los títulos de propiedad de la tierra vacante y no mejorada en los Estados Unidos y otras sociedades de colonos que se ha cercado y dejado fuera de uso por propietarios ausentes, deberían ser anulados. En los casos donde la tierra originalmente reclamada en virtud de un título tan ilegítimo esté siendo efectivamente trabajada o habitada por inquilinos o pagadores de hipoteca, la titularidad completa debe ser inmediatamente transferida a ellos. Los títulos de propiedad corporativa de las minas, los bosques y los campos petrolíferos obtenidos mediante robo colonial deberían ser anulados.

La lista mínima de las exigencias del libertarismo de izquierda debe incluir la abolición de todos los derechos de propiedad artificial, la escasez artificial, los monopolios, las barreras de entrada, los carteles reglamentarios y las subvenciones, gracias a los cuales prácticamente la totalidad de las empresas del Fortune 500 generan la mayor parte de sus ganancias. Debe incluir la terminación de todo título de propiedad sobre terrenos baldíos y sin mejoras, todos los monopolios de “propiedad intelectual”, y todas las restricciones a la libre competencia en el tema del dinero y del crédito o a la libre adopción de cualquiera y todos los medios de intercambio elegidos por las partes de una transacción. Por ejemplo, la abolición de las patentes y las marcas comerciales significaría el fin de todas las barreras legales que impiden a los contratistas de Nike en Asia producir inmediatamente imitaciones idénticas de las zapatillas y comercializarlas a la población local a una pequeña fracción del precio sin el recargo que implica el “Swoosh”. Significaría el fin inmediato de todas las restricciones a la producción y venta de versiones competitivas de los medicamentos bajo patente, a menudo por tan poco como el 5% del precio. Queremos que la porción del precio de todos los bienes y servicios conformada por las rentas incorporadas sobre la “propiedad” de ideas o técnicas —a menudo la mayor parte de su precio— desaparezca ante la competencia inmediata.

Nuestro programa debe incluir, además, el fin de todas las barreras artificiales a la actividad por cuenta propia, a la empresa casera, a la vivienda vernácula o autoconstruida y a otros medios de subsistencia de bajo costo — esto incluye las leyes de habilitación y zonificación o códigos de seguridad. Y debe incluir terminar con todas las restricciones legales sobre el derecho de los trabajadores a organizarse y para negarse a prestar sus servicios bajo cualquier circunstancia o a participar en boicots, y el fin de todos los privilegios legales que dan a los establecimientos sindicales certificados el derecho a restringir las huelgas salvajes y otros tipos de acción directa por parte de sus trabajadores de base.

En el caso de la contaminación y el agotamiento de los recursos, la agenda de la izquierda libertaria debe exigir el fin de todo tipo de acceso privilegiado a la tierra por parte de las industrias extractivas (es decir, la colusión de la Oficina de Administración de Tierras de EE.UU. con las compañías petroleras, mineras, madereras y ganaderas), de todos los subsidios a la energía y el consumo de transporte (incluyendo el fin de los subsidios a aeropuertos y autopistas y el uso del dominio eminente para esos fines), el fin de la utilización del dominio eminente para oleoductos y gasoductos, la eliminación de todas las limitaciones regulatorias de la responsabilidad corporativa por derrames de petróleo y otros tipos de contaminación, el fin de la doctrina por la cual las normas mínimas regulatorias impiden normas preexistentes de responsabilidad más estrictas derivadas del derecho consuetudinario, y la restauración completa de la responsabilidad ilimitada (tal como existía en el marco del derecho consuetudinario de agravios original) para actividades contaminantes como el fracking y la remoción de la cima de las montañas. Y debe abolir, obviamente, el rol del Estado guerrerista de EE.UU. en asegurar el acceso estratégico a las cuencas petroleras extranjeras o mantener las rutas marítimas abiertas para los barcos petroleros.

El capitalismo corporativo y la opresión de clase deben su existencia a la intervención del Estado a favor de los privilegiados y poderosos. Los mercados genuinamente libres, la cooperación voluntaria y la libre asociación actuará como dinamita en los cimientos de este sistema de opresión.

Cualquier agenda de izquierda libertaria digna de ese nombre debe incluir también una preocupación por la justicia social y la lucha contra la opresión estructural. Eso significa, obviamente, el fin de toda discriminación impuesta por el Estado en cuanto a raza, género u orientación sexual. Pero significa mucho más que eso.

Es cierto que como libertarios nos oponemos a todas las restricciones legales a la libertad de asociación, incluyendo las leyes contra la discriminación por parte de las empresas privadas. Pero debemos apoyar con entusiasmo la acción directa para combatir la injusticia en el ámbito social. E históricamente, las leyes estatales contra la discriminación solo han servido para codificar, de mala gana y después del hecho, las triunfos obtenidos sobre el terreno a través de la acción directa, como los boicots de autobuses, las sentadas en los despachos de almuerzo y los disturbios de Stonewall. Debemos apoyar el uso de la acción directa, la presión social, los boicots y la solidaridad social para combatir las formas estructurales de opresión como el racismo y la cultura de la violación, y desafiar las normas interiorizadas que perpetúan estos sistemas de coerción.

Al abordar todas las formas de injusticia, debemos adoptar un enfoque interseccional. Eso incluye el repudio a las prácticas de la vieja izquierda de desestimar las preocupaciones de raza y género como “divisivas” o postergables “hasta más tarde” en interés de la unidad de clase. También incluye un repudio de los movimientos de justicia racial y de género dominados por profesionales de clase media alta que solo se preocupan por ver “caras negras o femeninas en las altas esferas del poder”, y “gabinetes/juntas directivas que se parezcan al resto de Estados Unidos”, dejando el poder de esas altas esferas, gabinetes y juntas directivas intacto. El asalto a una forma de privilegio arraigada no debe ser razón para llegar a una solución de compromiso en otras luchas; más bien, todas las luchas son complementarios y se refuerzan mutuamente.

Preocuparnos especialmente por las necesidades interseccionales de los compañeros menos favorecidos en cada movimiento de justicia —mujeres y personas de color en la clase obrera; mujeres pobres y trabajadoras, mujeres de color, mujeres transexuales y trabajadoras sexuales dentro del feminismo; las mujeres, los pobres y los trabajadores en el movimiento por la justicia racial; etc.— no divide estos movimientos. De hecho los fortalece ante los intentos de la clase dominante para dividir y conquistar mediante la explotación de las líneas de fractura interna como fuente de debilidad. Por ejemplo, los grandes terratenientes derrotaron a los sindicatos de granjeros arrendatarios en el sur estadounidense durante la década de 1930 mediante el fomento y la explotación de la discordia racial, logrando que el movimiento se dividiese en sindicatos blancos y negros separados. Cualquier movimiento de clase, justicia racial o sexual que no tenga en cuenta la combinación de múltiples formas de opresión entre sus propios miembros, en lugar de prestar especial atención a las necesidades especiales de los menos privilegiados, queda abierto al mismo tipo de manipulación. En última instancia, este tipo de atención a los problemas interseccionales debe incluir un enfoque de espacios seguros que cree un ambiente receptivo de verdadero debate para todos, sin el efecto amedrentador causado por el acoso deliberado y las difamaciones.

Los libertarios —a menudo por nuestra propia culpa— han sido descartados por muchos como “republicanos que fuman marihuana” que adhieren a una ideología insular principalmente de hombres blancos de clase media que trabajan en startups de Silicon Valley. En demasiadas publicaciones y comunidades en línea libertarias convencionales, la tendencia reflexiva es defender a los grandes negocios contra los ataques de los trabajadores y los consumidores, a los arrendadores contra los arrendatarios, y a Walmart contra la gente común, rechazando a cualquiera que sea crítico en este sentido como enemigo del libre mercado y tratando a las corporaciones como si fuesen portavoces de los principios del libre mercado. Esta tendencia es paralela a otra similar a descartar cualquier preocupación por la justicia racial y sexual como “colectivista”. El resultado es un movimiento que la gente pobre y trabajadora, las mujeres y las personas de color ven como totalmente irrelevantes a sus preocupaciones. Mientras tanto, los varones blancos de 20 y pico de años que trabajan en las industrias de alta tecnología explican la falta de mujeres y minorías en función de su “colectivismo natural”, y con aire taciturno citan mutuamente “El trabajo de Isaías” de Nock.

Los que estamos en la Izquierda Libertaria no queremos ser relegados a las catacumbas, o ser el equivalente moderno de los jacobitas sentados en los cafés recordando a Bonnie Prince Charlie y el ’15. No queremos rezongar sobre cómo la sociedad se va al garete mientras que la mayoría de la gente que lucha para cambiar las cosas para mejor nos ignora. Queremos que nuestras ideas estén en el centro de las luchas por la justicia y una vida mejor en todo el mundo. Y sólo podemos hacer esto abordando las preocupaciones reales de la gente real, repetándolas como se merecen, y mostrándoles cómo nuestras ideas son relevantes. Y eso es lo que pretendemos hacer.

Artículo original publicado por Kevin Carson en el Center for a Stateless Society el 15 de junio de 2014.

Traducido del inglés por Alan Furth.

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Entrevista a Alexander Kojève

Kojeve

Era sobrino de Kandinsky, especialista en Hegel y en textos sánscritos, libertino y ex víctima de la policía secreta leninista. Entre 1933 y 1939 dictó un seminario al que iban Breton, Lacan, Bataille, Merleau-Ponty, Aron, Caillois y Klossowski. Cuando murió, en 1968, Lacan irrumpe en el domicilio del filósofo, para apoderarse del ejemplar de la Fenomenología con anotaciones manuscritas. Dominique Auffret especula que también se habría llevado un original sobre Hegel y Freud. Fue espía para Moscú durante treinta años.

No es muy frecuente que Kojève escriba un libro, pero la aparición de alguna de sus obras siempre deja huellas perdurables. Una sola, publicada hace veintidós años, lo consagró como “el lector” de Hegel. Después de eso, lo ha acompañado una curiosa gloria. Gloria a la vez universal y rara, lejana y reverencial, inquebrantable. Hoy nadie se internaría en los caminos de Hegel sin la brújula de Kojève. Kojève ocupa Hegel como se ocupa un territorio.

Resulta intimidatorio interrogar a Kojève en ocasión a la aparición de un nuevo texto [1]. su vertiginosa lectura de los presocráticos nos deja un poco empequeñecidos. ¿Y qué cara podría tener este Señor Filósofo, a fuerza de codearse con Parménides y Hegel? Me lo imagino como los sabios pintados por Rembrandt, con larga barba y el rostro surcado de arrugas, meditando apartado del mundo.

Pero no es así. Sin barba ni arrugas, sabemos que Kojève tiene 66 años sólo por su biografía. Este filósofo tiene un increíble rostro de funcionario.

Elegancia en el vestir, lentes que ocultan la malicia de la mirada, vigor y soltura en el cuerpo, modales refinados. Uno de esos hombres que surcan el mundo y que habitan los palacios internacionales. No como en Rembrandt..

Lo romántico está perimido. Kojève es más formal: tiene el rostro que conviene a su empleo: el más profundo lector de Hegel -el más legítimo, en suma- un “gran empleado” del estado. Su vida transcurre entre los sombríos corredores de Branly y las capitales del mundo, donde se ocupa de quejosos y aburridos asuntos económicos. Lo que lo enorgullece no poco. Hay en Kojève un extraño desplazamiento de la vanidad: el mundo lo admira porque lee a Hegel como quien lee Tintin y él se enorgullece de haber inventado un sistema de preferencias tarifarias y de haber logrado imponerlo.

Todo esto, desdichadamente, pertenece al pasado. Alexandre Kojève murió súbitamente algunos días después de esta entrevista. No había concedido otras. Esta había sido la última.

Kojóve está aquí. Sonríe, bromea, desliza risas sardónicas e indulgentes. Es provocador, petulante, subversivo, lleno de paradojas, grave y profundo, sagaz, ingenuo.

Y como sus lentes brillan, creo que está confundiéndome y se esconde. Y como la verdad no es lo que dice, invento otra: su mayor dicha, como funcionario, es pertenecer a ese equipo de hombres que se reúnen en Roma, Nueva Delhi o Ginebra y que poseen el verdadero poder, lejos de los efectos superficiales de la política. Lo que es seguro es que le encanta hablar de economía política. De modo que, habiéndome dispuesto para aprender todo sobre Anaximandro, me veo amenazado a hablar sobre la tasa al valor agregado.

Debo reaccionar con urgencia. Apelar, por ejemplo, a su memoria. En la vida de Kojève hay un episodio que siempre me fascinó: los seminarios sobre Hegel que dictó entre 1933 y 1939 en la Ecole de Hautes Etudes. Entre los asistentes, no muy numerosos, se encontraban Jacques Lacan, Maurice Merleau-Ponty, Raymond Queneau, Georges Bataille, Raymond Aron, el Padre Fessard, Robert Marjolin, a veces André Breton.

A. K.: -¡Ah, sí! Fue muy bueno, lo de la Ecole de Hautes Etudes. Allí fue donde introduje la costumbre de fumar en clase. Y luego íbamos a comer con Lacan, Queneau y Bataille a un restorán griego del barrio que todavía existe, el Athénes. Pero la historia de eso comienza más atrás.

-Hegel vio a Napoleón a caballo

-Más atrás quiere decir hasta el año 1770 que vió nacer en Stuttgart a Georg Friedrich Wilhelm Hegel. Y si no, hasta el 13 de octubre de 1806, cuando el mismo Hegel vio pasar a Napoleón, a caballo, bajo su ventana. Y sino, hasta 1902, que Kojève eligió para venir al mundo en Moscú. Dieciocho años más tarde, en 1920, deja Rusia y desembarca en Alemania.

-¿Por qué? Yo era comunista. No había razón para huir de Rusia. Pero sabía que el establecimiento del comunismo significaba 30 años terribles. A veces pienso esas cosas. Un día dije a mi madre: “Después de todo. si me hubiera quedado en Rusia.”. Y ella respondió: “Te hubieran fusilado por lo menos dos veces”. Puede ser. Mikoyan, sin embargo.

-En Alemania pasa por Heidelberg y Berlín. En esa época había un profesor de filosofía, llamado Husserl, que no carecía de cierto talento.

-No. Evité voluntariamente a Husserl. Cursé con otro profesor, que era muy estúpido, y luego con Jaspers. Perdí el tiempo aprendiendo sánscrito, tibetano, chino. El budismo me interesaba por su radicalismo. Es la única religión atea. Pero profundizando más, me di cuenta de que iba por el camino equivocado. Comprendí que algo había pasado en Grecia, hace ya 25 siglos, y que ésa era la fuente y la llave de todo. Allí fue pronunciado el comienzo de la frase.

-Hablar ante Breton, Bataille, Lacan, Queneau

-Traté de leer a Hegel. Leí cuatro veces, íntegra, la Fenomenología del Espíritu. No entendía una palabra. Años después, en París, un tío comerciante en quesos murió y quedé en la ruina. Un día, en 1933, Koyré, que dictaba cursos sobre Hegel, debió interrumpirlos y me ofrecieron reemplazarlo. Acepté. Releí la Fenomenología y al llegar al capítulo IV comprendí que la clave era Napoleón. Empecé mis clases. No las planificaba. Leía y comentaba, pero todo Hegel se había vuelto luminoso. Experimenté un placer intelectual excepcional.

Es que era excepcional hablar de Hegel ante Breton, Bataille, Lacan, Queneau. Había un señor a quien nadie conocía, que asistía con su mujer y ostentaba una condecoración. Vino durante tres años. Un día me anunció que dejaría París y me dio su tarjeta. Supe, ese día, que había enseñado Hegel a un Contralmirante de la flota.

Seis años. Hasta que comenzó la guerra. Pura coincidencia. Casualmente terminé la lectura de la Fenomenología cuando estalló la guerra. Fui movilizado y recibí mi fascículo azul de soldado de segunda clase. Durante algunos días me paseé aún por el Quartier Latin y un día en un café del Boulevard Saint-Michel uno de mis alumnos, indochino, se me acercó y me dijo afablemente, señalando mi uniforme: “Bien, Sr. Profesor, veo que ha pasado usted finalmente a la acción”.

-En momentos así la risa de Kojève se vuelve extraña.

-Luego de la guerra, vinieron los asuntos económico. Ya le dije que entre mis “hegelianos” estaba Marjolin. Me ofreció trabajar aquí por un interín de tres meses, y llevo aquí veinticinco años. Adoro este trabajo. Para el intelectual, el éxito ocupa el lugar del logro. Si se escribe un libro, se obtiene éxito, es todo. Aquí es diferente, porque hay logros. Le he dicho el placer que sentí cuando mi sistema aduanero fue aceptado. Es como una forma superior de juego. Se viaja, se pertenece a una elite internacional, que ha reemplazado a la aristocracia, y se conocen personas que no son novatos. Un hombre como P. Schweitzer, director del F.M.I., o Edgar Faure, entre otros. Le aseguro que sus cabezas funcionan bien. Y contar con su estima.

-No sé si Kojève se burla o está desesperanzado. Sin duda son sorprendentes las preferencias tarifarias, y también la estima de un financista, pero ¿y la estima de un filósofo? (gesto)

-¿Los filósofos? ¿Heidegger? Como filósofo, no siempre ha acertado. Y aparte de Heidegger ¿quién? Por otra parte, los filósofos no me interesan, busco sabios. Y encuentre usted un sabio. Todo esto tiene que ver con el fin de la Historia. Resulta divertido. Hegel lo dijo. He explicado que Hegel lo dijo, y nadie quiere admitirlo. Nadie soporta que la Historia está cerrada. A decir verdad, yo mismo pensé al principio que se trataba de una tontería, pero reflexioné y vi que era una idea genial. Consideré, que simplemente, Hegel se había equivocado por 150 años. El fin de la Historia no era Napoleón, sino Stalin, y yo era el encargado de difundirlo. La única diferencia era que yo no había visto pasar a Stalin a caballo bajo mi ventana, pero. Luego vino la guerra y comprendí. No, Hegel no se había equivocado. Había fechado correctamente el fin de la Historia en 1806. Después de esa fecha ¿qué pasó? Nada. El alineamiento de las provincias. La revolución china no es más que la introducción del código de Napoleón en China. La famosa aceleración de la Historia de la que tanto se habla, ¿no ha notado usted que al acelerarse cada vez más el movimiento histórico avanza cada vez menos?

Hay que precisar bien el sentido de las cosas. ¿Qué es la historia? Una frase que refleja la realidad pero que nadie había dicho antes. En este sentido se habla de fin de la Historia. Siempre se producen acontecimientos, pero desde Hegel y Napoleón no se ha dicho nada más, no se puede decir nada nuevo. Algo nació en Grecia y la última palabra ya se dijo. Tres hombres lo comprendieron a la vez: Hegel, Sade y Brummel. Sí, Brummel, que supo que después de Napoleón no se podía más ser soldado.

El fin de la Historia

-Mire a su alrededor. Todo, incluyendo las convulsiones del mundo, muestra que la historia está cerrada. Berlín es hoy el Quartier Latin de mi juventud. Desde el punto de vista político, vamos hacia el estado universal que Marx predijo (aunque él situó esta idea en la época de Napoleón). Una vez instalado este estado universal y homogéneo -y claramente allí nos dirigimos- podremos ir más lejos. Y si usted dice que el hombre es dios, ¿puede ir más allá? Queda el arte, pero después de la música concreta y la pintura abstracta ¿cómo decir una frase nueva? Nos dirigimos hacia un modo de vida ruso-americano, antropomórfico pero animal, quiero decir sin negatividad.

Kojève pronuncia este discurso fríamente. Constata hechos, no abre juicios. Al escucharlo, diríase que entramos en el mañana de la historia y sus frases son tan tristes como la de Hegel. “Cuando la filosofía pinta gris sobre gris, una forma de la vida ha envejecido, y no se deja rejuvenecer con gris sobre gris: deja sólo ser conocida: el ave de Minerva abre las alas al anochecer”.

-¿Y cómo será? No podemos imaginarlo, pero considere usted el Japón: un país que se protegió deliberadamente de la historia durante tres siglos, que puso una barrera entre la historia y él. Deja entrever nuestro propio porvenir. Es un país verdaderamente sorprendente. Por ejemplo, el snobismo, por naturaleza, es patrimonio de una minoría. Pero Japón nos enseña que se puede democratizar el snobismo. En Japón hay ochenta millones de snobs. Al lado del pueblo japonés, la alta sociedad inglesa parece una banda de marineros borrachos.

Japonizar Occidente

-¿Qué tiene que ver esto con el fin de la Historia? Es que el snobismo es la negatividad gratuita. En el mundo de la Historia, la Historia misma se ocupa de engendrar el modo de la negatividad que es esencial a lo humano. Si la Historia ya no habla, se fabrica ella misma la negatividad. El snobismo puede llegar muy lejos. Se puede morir por snobismo, como los kamikazes. Conoce sin duda la historia de Federico II, en el campo de batalla, cuando escucha los gritos de un joven herido mortalmente en el vientre: “Hay que morir como es debido”, y pasa. O César, atravesado de puñales y que cubre con los pliegues de su toga las heridas de sus piernas. Quiero decir que si lo humano se funda en la negatividad, el fin del curso de la Historia abre dos vías: japonizar occidente o americanizar Japón, es decir, hacer el amor de modo natural o como monos sabios.

-Basta de Japón. Hay gran curiosidad de parte de las ciencias humanas, que usted opone apasionadamente a la filosofía.

-A grosso modo, se podría decir que empiezo por definir la filosofía. Esta no posee un dominio reservado. Es un discurso, no importa cual, pero que se distingue de los otros no sólo en el sentido de lo que habla, sino por el hecho de que habla de y es aquello de lo que habla. Todo discurso que no habla de sí mismo se sitúa fuera de la filosofía. Este discurso filosófico, que nació en Grecia, junto a un hombre llamado Thales, conoció enseguida dos vertientes extremas: Parménides, cuyo discurso conduce al silencio, y Heráclito, que prefiere un discurso ininterrumpido, un discurso infinito en el que cada frase puede seguirse de otra. De ese discurso provienen los retóricos y los sofistas. Y bien, los sofistas modernos, hijos de Heráclito, son los sociólogos e historiadores cuyo discurso se caracteriza principalmente por ser infinito. Es el río de Herádito.

El fin del discurso filosófico

-Son comprensibles, entonces, las pretensiones de las ciencias humanas. Si es verdad que el discurso filosófico fue clausurado por Hegel, no debemos sorprendernos de que proliferen las ciencias humanas. Se hace mucho ruido en torno al debate que opondría Historia y estructura. Qué divertido. Si la Historia terminó, si su discurso es silencioso, convengamos en que tal debate sería un poco académico. Por otra parte, es normal que las ciencias humanas tengan algo para explorar, es decir, que reconozcan en el hombre algo más que lo humano. En el hombre hay un 1% de humano y el resto es, digamos, animal; esto da un alto margen de territorio impenetrable. En lo sexual, lo humano es la prohibición del incesto, esto ha sido dicho y es verdad ¿pero el resto?

Sabemos que se puede, gracias a la ciencia, crear artificialmente el instinto maternal. Pero si un antropólogo nos explica que todo proviene del neolítico y que todo estaba ya en el neolítico, olvida que algo faltaba en el neolítico y que es el antropólogo mismo. Pero este olvido es coherente porque el antropólogo no es filósofo. Es un hombre de ciencia, y su discurso versa sobre un objeto o acontecimiento, no sobre el discurso.

El discurso filosófico, como la Historia, está cerrado. Sorprendente idea. Es por eso que los sabios, que suceden a los filósofos y de los que el primero es Hegel, son tan raros, por no decir inexistentes. Es verdad que no se puede adherir a la sabiduría más que si se cree en la propia divinidad. Pero la gente sana de espíritu es rara. ¿Qué quiere decir ser divino? Podría tratarse de la sabiduría estoica o el juego. ¿Quién juega? Los dioses. Como no tienen obligaciones, juegan. ¡Son dioses holgazanes!

Soy holgazán

Después de tanta seriedad, curioso modo de anunciar la ironía por un movimiento de rostro, y la luz juega de modo diferente entre los lentes y los ojos.

-Soy holgazán. Escribí este libro hace ya 18 años, porque estuve enfermo un año entero, me aburría y lo dicté. Lo consideraba parte de mis obras póstumas, pero Queneau y Gallimard insistieron. Hace 4 años escribí otro volumen pero dudo en publicarlo ¿para qué? Soy holgazán y me gusta jugar. como ahora, por ejemplo.

-Le recuerdo que estas reflexiones no concuerdan con la acción tan predicada antes de 1939, antes de recibir el fascículo azul.

-Es que en esa época había leído a Hegel, pero no había comprendido, como hoy, que la Historia había terminado.

¿Es preciso agregar que estas líneas no alcanzan para testimoniar el brío que anima el discurso de Kojève? Bajo el aparente desorden y mezcolanza de temas, reposa un orden secreto que lo gobierna y que no he sabido transcribir. Me he propuesto sólo ser lo más fiel posible y decir a la vez lo que fascina y lo que irrita, por un lado el saber y la inteligencia extremos, por otro la manía de las paradojas, o bien esa extraña vanidad, demasiado evidente para no funcionar como máscara. Me pregunto cuál es el peso de esa vanidad, si este filósofo deja pasar 20 años antes de dar a conocer las pesadas construcciones que forman sus obras. De todos modos, es imposible dibujar más de una de las figuras de Kojève. El es, ante todo, la extensa y deslumbrante lección de dialéctica que su libro despliega. Nada anticiparé de este libro, más que el alentador subtítulo: “Introducción histórica del concepto en el tiempo en tanto que introducción filosófica del tiempo en el concepto”. Siguen 360 páginas.

Entrevista realizada por Gilles Lapouge para La Quinzaine

[1] Alexandre Kojève, Essai d’une histoire raisonnée de la philoso-phie païnne T. 1. Les Presocratíques. Gallimard éd. 260 p.

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Hugo Blanco sobre el poder

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Bill Kauffman: Regresa a casa, América

georgemcgovern

En la inclinada pared sobre mi escritorio está pegada un largo póster “Come Home America/ Vote McGovern Shriver’72”. Diseñado por el artista Leonard R. Fuller, el collage llena el contorno de Estados Unidos con imágenes iconográficas, santuarios históricos, y fotos de desposeídos pero distintivos americanos. El mensaje de paz y hermandad, y el retorno de los ideales de los Padres Fundadores. El ambiente es de un hippie de clase cívica, anti-bélica esposa de rotario, liberal profesor de universidad comunal que llora en “America the Beautiful”. Como George McGovern mismo, el póster sugiere que un esperanzado y patriótico radicalismo moderado reside en la América cotidiana. O como Elvis Costello y Nick Lowe una vez preguntaron: ¿qué es tan gracioso acerca de paz, amor y entendimiento?

Incluso ahora, 33 años después de que el Senador George McGovern de Mitchell, South Dakota fue enterrado por Richard M. Nixon bajo un voto electoral arrollador 520-17-1 (el elector por Virginia, Roger McBride, heredero de una mina de oro en un pequeña casa en la pradera, cambió Nixon por el libertario John Hospers), “McGovernismo” queda en Washington D.C. como abreviación de un liberalismo paródico que es, a primera vista, ineficiente, licencioso y confuso. Representa “ácido, amnistía y aborto”, como lo pusieron la facción Humphrey-Jackson de los demócratas.

Pero tal vez, al tiempo que George McGovern envejece con dignidad y el país no lo hace, es tiempo para detenerse a mirar a McGovern a través de los lentes de Scoop Jackson y esos publicistas neoconservadores que tan a menudo trazan su desencanto con el Partido Demócrata en aquella campaña de 1972. ¿Qué pasa si nos reenfocamos en la imagen y vemos que de George McGovern no encaja con la caricatura? Hijo de un ministro metodista Wesleyan que había jugado segunda base en el St. Louis Cardinals sistema de granjas, este otro George McGovern reverenciado por Charles Lindbergh como “nuestro más grande americano” y contaba entre sus más felices memorias aquellos “rebosantes de alegría experiencias con mi padre” cazando faisanes. Él fue votado “el más representativo graduado” en su secundaria y fue a la universidad a la vuelta de la esquina, caminando una milla a Dakota Wesleyan y luego regresando a casa para la cena.

Este otro George McGovern que fue piloto de combate que piloteo 35 misiones B-24 en el Dakota Queen, nombrado después de su esposa, Elanor Stegeberg de Woonsocket, South Dakota, quién él había cortejado en la pista de patinaje de Mitchell.  El creció y continua como congregante en la Primera Iglesia Metodista Unificada de Mitchell; el conoce de corazón varios “viejos himnos” y los canta fuerte “con el gusto de aquellas devotas congregaciones que han cambiado mi vida hace tantos años”. Este otro George McGovern es un fan de toda la vida de los St. Louis Cardinals y miembro en buenos términos de la Sociedad Stan Musial. Él vive la mayor parte del año en Mitchell, su ciudad natal, y dice, “Hay algo saludable acerca de la vida en un Estado rural que es un factor importante. Eso no garantiza que tu vayas a ser un buen muchacho solo porque tu creciste en un área agrícola, pero yo creo las chances son mejores, porque el sentido de bienestar, la confianza en la decencia de la vida que viene no solo de trabajar con la tierra sino también con la gente que vive en la tierra. La vida tiende a ser más auténtica y menos artificial que en las áreas urbanas.

Este George McGovern, impregnado profundamente en la tierra Americana, es contundentemente más interesante que la caricatura que fue retratada por sus críticos neoconservadores.

En una clemente mañana de noviembre, yo hablé con el Senador McGovern en su cuarto en el Hotel Jefferson en Washington.  Él estaba en la ciudad para servicio fúnebre de su amigo el Senador Gaylord Nelson (Demócrata – Wisconsin), otra baja de los 80s, cuando un grupo de leones de senadores demócratas liberales fueron derrotados por la Nueva Derecha de republicanos de “valores familiares”, muchos de los cuales tenía vidas familiares más inconvencionales que los liberales.

Atacado por Terry Dolan y NCPAC, McGovern fue derrotado 58-39% por un inelocuente James Abnor. McGovern puede reírse de la perversidad de la elección de 1980. “Me molestó, también fue algo que dio risa. Un grupo llamado American Family Index nos clasificó. Yo salí con cero, Jim Abdnor obtuvo un puntaje perfecto. Yo soy alguien que ha estado casado por 37 (ahora 62) años con cinco hijos y diez nietos, y estoy compitiendo con Jim Abdnor, un soltero de 58 años que obtiene un 100%. No estoy contra los solteros de 58 años ni por un minuto, pero, ellos difícilmente son un símbolo que promueva la familia americana”.

McGovern es, como pueden adivinar, un oponente a la Guerra de Vietnam y la administración Bush, que el encuentra consternadamente anti-conservadora. “Me gustan los conservadores”, él dice, citando a Bob Dole y Barry Goldwater. “Yo siempre admire a Bob Taft”. Él sonríe. “Pero no me gustan esos neoconservadores para nada. Ellos tienen la visión de que somos más poderosos que cualquier otro país y que debemos dirigir el mundo, nada del negocio de la coexistencia. Yo pienso que eso es simplemente terrible. Eso no conservadurismo, y no es liberalismo tampoco. Es una nueva doctrina que yo encuentro aterradora. Si Iraq todavía no nos ha desencantado, hay una gran cantidad de países que van a imitarnos. Eso no es conservadurismo para mí.”

Yo pregunto si Irak es todavía un desastre de política exterior tipo Vietnam. “La cantidad de bajas no es ni siquiera cercana”, responde, “pero la asunciones han sido igual de despistadas. Vietnam fue la expresión lógica de la ideología de la Guerra Fría en la que operábamos hace medio siglo. Si tú aceptas la visión que teníamos que confrontar comunismo donde sea que se dirija, Vietnam se hacía completamente lógico.” (McGovern cita con aprobación a su compañero de cazaría de faisanes, el profesor de historia de la Universidad de South Dakota, Herbert Schell, quién dijo a un reportero en 1972, “Él es único nominado de cualquiera de los dos partidos desde la Segunda Guerra Mundial que no ha aceptado las asunciones de la Guerra Fría.” Bob Taft también habría estado en la lista, de haber sido el nominado republicano en 1948 o 1952.)

¿Qué recomendación brinda McGovern, uno de los primeros demócratas en disentir contra contra una guerra demócrata en los sesentas, tiene para los republicanos anti-bélicos? “Hagan un poco más de ruido,” él dice. El señala a los republicanos del congreso  que votaron en contra de la Guerra de Irak. “Ellos son el tipo de republicanos que siempre he admirado. Están cerca de dónde mi padre hubiera estado. Él fue un republicano toda su vida. Mi padre fue un gran admirador de Bob La Follette y voto por el cuándo se lanzó para presidente. Es una honorable tradición de republicanos disidentes.” (Uno de los entusiasmos tempranos de McGovern como senador fue un impuesto a las ganancias bélicas que viene de frente de la tradición La Follette.)

Con el senador republicano de Oregon y neo-taftiano Mark Hatfield, McGovern fue proponente de la 1970 McGovern-Hatfield “Enmienda para dar fin a la Guerra”, que llamó al retiro de las tropas americanas de Vietnam y “el fin de todas las operaciones militares en Vietnam, Laos, Camboya y Laos antes del 31 de diciembre de 1971.”

Impaciente con crónica paciencia, con la clase de eunucos que te dicen que detrás de las puertas cerradas que están en contra de la guerra pero no quieren poner en riesgo su posición haciendo pública, McGovern le dijo a sus colegas, “Cada senador en esta cámara es en parte responsable por enviar 50000 jóvenes americanos a una tumba anticipada. La cámara exuda sangre.”

Todavía lo hace, senador. Todavía lo hace.

Robert Sam Anson escribió en McGovern, una elegante biografía, “A la extensión que la visión de la vida es delimitada por ciertos, valores inmutables; la importancia de la familia, la dependencia de la naturaleza, la fuerza de la comunidad, el valor de las cosas vidas; él es un conservador. El no busca tanto cambiar América más bien restaurarla, para retornar a aquellos días iniciales de la República, que creemos, inocentemente o no, fueron fundamentalmente decentes, humanos y justos. Como los populistas, él está dispuesto a apostar por medios radicales para lograr su fin. Eso queda en él, aunque, al igual que con los populistas, permanece una desconfianza en el gobierno, una sospecha de lo grande en todas sus formas.”

Le leo eso a McGovern. ¿Hubo un “conservador” lado suyo que la gente de algún modo perdió?

“Absolutamente”, él replica. “Yo recuerdo. Yo soy un liberal confirmado, pero pienso hay un aspecto conservador en el liberalismo en su mejor sentido”: conciencia de sus límites, respeto de la tradición, amor por la familia. Por ejemplo, McGovern escribiendo su autobiografía, “Yo prefiero las casas viejas o iglesias o edificios públicos que son construidos para la posteridad en vez que las estructuras modernas que cada vez se deterioran. Yo me siento incomodo con cualquier traducción de la Biblia excepto magnífica versión King James.” El rastra esa “sentido de estabilidad y permanencia” a su frugal familia de metodistas de Dakota.

“A lo largo de su carrera política, George McGovern ganaba elecciones conceptualizando a sus constituyentes como pacíficos agricultores cristianos,” escribió el politólogo Gary Agiar de Universidad Estatal de South Dakota. Él hablaba fluido el dialecto de South Dakota as como hablaba como liberal, y cuando interrogado en 1972, “¿Quién realmente nos selecciona para jugar a ser dios con la gente de todo el mundo?”, él estaba colocado en la llanura de tierra tan seguro como Scoop Jackson viajando en primera clase.

Por compartir el escepticismo de su padre acerca de cruzadas militares, McGovern, poseedor de la Distinción de la Cruz Voladora, fue burlado por ser “débil en defensa. Stephen Ambrose, quién escribió la carrera militar de McGovern en el Loco Azul, pensó que el debió haber usado su experiencia como piloto de combate “para un mayor efecto en su campaña presidencial de 1972.”

“Fue un error politico”, McGovern me dice, “pero siempre me sentí un poco tonto hablar de record de guerra, qué clase de héroe era. ¿Cómo haces eso?”

Bueno, tú no lo haces cuando eres cortés, un tipo decente de Mitchell, South Dakota; incluso cuando tú has sido ridiculizado como nervioso Nellie por comandantes de think-tanks quienes nunca sabría distinguir entre un Garand M-1 y una granada. LBJ ha urgido a McGovern que se venda a sí mismo como un ángel vengador del cielo pero McGovern se opuso, diciendo que “no estaba en la naturaleza de mi campaña entrar en un constante ejercicio de auto-felicitación autobiográfica.”

McGovern perdió no solo porque fue un piloto de combate que se metamorfoseo en un sumisivo apóstol de la pacificación. Su desastrosa selección de un deshonesto paciente mental Thomas Eagleton como su primer candidato vice-presidencial descarrilo la campaña saliéndose de la convención. (Hunter S. Tompson es brilliantemente salvaje con el falso mártir de Eagleton en su Fear and Loathing on the Campaign Trail ’72, el mejor libro de la elección. El disparo que dejó inválido a George Wallace previno una probable candidatura en un tercer partido por Wallace que habría atraído entre el 15-20% del voto en la elección general y voltear un número de estados a McGovern.

Yo supongo que ningún demócrata habría podido derrotar a Nixon en 1972. Su popularidad estaba mantenida a flote por una decentemente fuerte economía, distensión con la Unión Soviética, apertura con China, y rumores de paz con Vietnam. Pero igual, imaginarse a George McGovern postulándose no como una ultraliberal caricatura sino como un metodista de un pequeño pueblo del medio oeste, un héroe de guerra muy modesto para alardear de su hazaña, un liberal con un simpático entendimiento de la conservadora América rural. Eso George McGovern le habría dado pelea a Nixon por el dinero de Maurice Stan.

En su autobiografía Grassroots, McGovern escribe que “hasta este día sigo siendo adicto a las películas y aquellos que actúan en ellas.” Siempre estuvo un poco deslumbrado por las estrellas, y fue recíproco: en la campaña de 1972 varias presento prominentemente Warren Beatty, Shirley MacLaine, Dennis Weaver, y otras estrellas de diferentes magnitudes. Por cierto, la presencia latente en la campaña de McGovern de un mancha de decadencia hollywoodense en parte borró al McGovern, metodista de South Dakota, que le hubiera ido mucho mejor en la América rural. “Yo me preguntó eso acerca de mí mismo,” McGovern dice. “Yo todavía valoro su apoyo, pero puede haber distorsionado la imagen de South Dakota.”

En cuanto a ácido, amnistía, y aborto, la posición de McGovern ahora se ve positivamente moderada: está a favor de descriminalizar la marihuana; el sostiene estar en contra “la intrusión del gobierno federal” en las leyes de aborto, que deberían ser dejada a los estados; y, como una vez me dijo, “No podría dar amnistías en tanto que la guerra siga en curso, pero una vez terminada, concedería amnistías tanto a aquellos que planificaron la guerra como los que rehusaron participar en ella. Pienso que esa es de algún modo una posición conservadora.”

En el final de la campaña de 1972, McGovern estaba buscando inciertamente a través de verdades que existían más allá de las casillas de izquierda y derecha. “El gobierno se ha constituido en algo tan grande e impersonal que sus intereses divergen cada vez más y más de los intereses de los ciudadanos ordinarios,” él dijo dos días antes de la elección. “Para una generación y más, el gobierno ha tratado de cumplir con nuestras demandas multiplicando su burocracia. Washington ha tomado demasiado en impuestos de la gente y la gente ha recibido tan poco a cambio. No es necesario centralizar el poder para resolver nuestros problemas.” Considerando que Nixon “acríticamente engancho infladas burocracias, tanto civiles como militares”, McGovern prometía “descentralizar nuestro sistema.”

En el desorden caótico de la campaña, uno discierne motivos que colocan a McGovern en un avión completamente diferente que la apagada antesala de perderdores demócratas, los Mondales y Dukakises y Humpreys y Kerrys. George McGovern tenía convicciones, como Barry Goldwater en 1964, el defendía una serie de ideales en pasado americano. Después de la petulante partida de Eagleton, McGovern eligió como candidato vicepresidencial a un subestimado Sargent Shriver, miembro fundante del America First Comitee, un católico pro-vida que admiraba a Dorothy Day.

No como el rabioso Ed Muskie, quien consideró la victoria de George Wallace en las primarias de Florida como un triunfó del racismo, McGovern daba crédito al atractivo de Wallace hacia “un sentido de impotencia en la cara del gran gobierno, grandes corporaciones, y grandes sindicato.” El preguntó a Wallace por su apoyo, sin embargo todavía lo recuerda con un sonrisa, “él dijo, ´Senador, si yo lo apoyo, yo voy a perder la mitad de mis seguidores y usted la mitad de los suyos.´” Bueno, tal vez, gobernador, pero solo piense en las posibilidades de un frente unido con las mitades restantes.

“No es prejuicio temer por la seguridad de tu familia o resentir las inequidades de impuestos. … Es tiempo de reconocer esto y dejar de etiquetar a las personas como ´racistas´ o ´militantes´, hay que parar de poner gente en diferentes casillas, hay que parar de incitar a un americano contra otro americano,” dijo McGovern, quien llamó al voto de por Wallace “un molesto llanto desde adentro de los americanos ordinarios contra un sistema que no parecía importarle nada acerca de lo que realmente molesta a la gente en este país hoy día.” Sin embargo McGovern defendió el autobús escolar, en el que los niños son removidos, sacados fuera de sus vecindarios, y la despiadada guerra que se está infligiendo a los católicos de clase trabajadora.

Mira: George McGovern fue un liberal demócrata. El voto por los programas de bienestar de cualquier forma y tamaño; su filosofía antes y ahora era producto, él decía del movimiento del góspel social, que traducía la cristiandad en un intervencionista Estado de bienestar.

Pero aunque no lo suficientemente frecuente, el McGovernismo combinaba la democracia participativa de la Nueva Izquierda con un populismo de pequeña ciudad del alto medio oeste. En un par de discursos de abril de 1972, el parecía secundar el punto Barry Goldwater quién en 1968 señalo a su ayudante Karl Hess que “cuando las historias sean escritas, yo apostaría que la Vieja Derecha y la Nueva Izquierda serán puestas como teniendo mucho en común y que la gente en el medio era la enemiga.”

“La mayoría de americanos ve la clase dirigente como vacío, decadente vacío que no ordena ni su confianza ni su amor,“ McGovern asegura en uno de sus grandes desconocidos discursos de campaña de la historia americana. “Es que la clase dirigente que nos ha llevado más estúpida y cruel guerra de la historia americana. Esta guerra es un desastre moral y político -un terrible cáncer que come el alma de una nación. … No fue el trabajador americano el que diseño la Guerra de Vietnam o nuestra maquinaria militar. Fue la clase dirigente de hombres sabios, los académicos del centro, Como Walter Lippmann dijo una vez, ´No hay nada peor que un profesor beligerante.´”

Tratar de imaginar un congresista demócrata, menos un candidato presidencial, diciendo mucho hoy día. No es sorpresa que los escribanos del sofocador centro no tengan más potente maldición en su repositorio que el “McGovernismo.”

El candidato McGovern llamó al retiró de Vietnam y Corea del Sur y una parcial retirada de las tropas de Europa. En su discurso de aceptación que fue exquisitamente mal planeado fue presentado a las 3:00 a.m. hora del este, o horario central en Guam, McGovern declaró, “Este es también es el tiempo de nuestra excesiva preocupación en el extranjero para reconstruir nuestra propia nación.” Cierra los ojos y tú puedes oir el acento de la pradera de McGovern cantando el último disco de Merle Haggard: “Vámonos de Iraq y volvamos a poner las cosas en marcha/Y reconstruir América primero.”

“Regresa a casa, América,” McGovern prometió en la campaña de 1972. “Regresa a casa de las montañas de innecesaria guerra y excesivo militarismo.”

“Regresa a casa, América,” el más conmovedor, más resonante, más verdaderamente político eslogan de la historia de nuestra república, fue sugerido por Eleonor McGovern después de ver la frase en un discurso de Martin Luther King. Pero era el eco de los pacíficos sueños de los viejos aislacionistas rurales y porque eso generó un definido contraste entre los fundadores y la condición de la América moderna, McGovern fue ridiculizado por el eslogan de los centuriones vitalicios.

“Tarde en la campaña ya habiendo visitado a Clark Clifford,” recuerda McGovern “y yo dije, ´Clark, solo por curiosidad, qué piensas del eslogan, Regresa a casa, América?´ El dijo, ´Bueno, George, para ser honesto, contigo, no sé qué significa.´”

Claro que él no sabía. Ninguna pegatina que Clark Clifford entendiera podría haber valido la pena si hubiera estado el vinilo impreso.

“Comida, granjeros y sus compañeros –aquellos son las primeras piedras en las cuales George McGovern ha construido su filosofía de vida,” señala una halagadora pieza periodística del inicio de la carrera del senador, y en su retiro el retorno a vivir esa trinidad.

Nombrado embajador de Estados Unidos por el presidente Clinton para Agencia de Comida y Agricultura de la ONU, McGovern hizo lobby para programa de desayuno estudiantil universal financiado parcialmente por una contribución de $1.2 billones anuales de contribución norteamericana. Como un aislacionista escéptico de la ayuda internacional, me es posible restringir mis aplausos, pero estoy seguro es mejor gastar un billón comprando desayunos para los niños de Bangladesh que $300 billones ocupando Iraq.

En su último libro, La América Esencial, McGovern mantiene la fe de 1972. “Vamos apoyar a los tropas trayéndolas a casa con sus familias antes que enviarlas al exterior bajo la ridícula noción de lo que nuestro presidente ha llamado ‘guerra preventiva´,” el señala. Las mezquinas tiranías e indignidades de nuestra Guerra contra el Terror lo molestaban: “No tengo temor de batallar contra alguien amenazándome con  una cuchilla. Lo qué me llena de furia es ver una pequeña frágil anciana tratando de sacarse los zapatos para ser revisada, para que tropiece con alguna chuchería que podría poner en peligro la república.” El cita a Dwight Eisenhower más largamente que a cualquier otra figura política en La América Esencial. El discurso de despedida de Eisenhower advierte de los peligros del complejo industrial-militar es virtualmente prensa subterránea en la época del Departamento de Seguridad Nacional; cuando McGovern continua afectuoso por Adlai Stevenson, el admite que en la era de Post-Guerra, Ike “fue el mejor presidente en reconocer los peligros del excesivo gasto militar. También él mostró gran coraje en parar el movimiento israelí contra Egipto sobre el Canal de Suez.”

El considera la Patriot Act “completamente innecesaria … una contradicción a la carta de derechos” y aconseja resistir si es que la policía federal viene a buscar nuestras tarjetas de la librería: “yo iría a la cárcel en vez de aceptar tal invasión a mi libertad como americano.”

A los 83, George McGovern sigue siendo una voz por la paz y la libertad en un partido que está a punto de nominar a una institutriz militar Hillary Clinton como candidata presidencial. Oh, cómo los demócratas les podría servir un vigorizante trago de McGovernismo.

Artículo original publicado por Bill Kauffman y reimpreso por James Tuttle el 22 de octubre de 2012.

Traducido del inglés por Camilo Gómez

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Karl Hess: Una Carta Abierta para Barry Goldwater

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Este es un artículo de Karl Hess que apareció originalmente en la edición de octubre de 1969 de la revista de la Nueva Izquierda Ramparts, pp. 28-31, que recientemente fue rescatada y publicada en el Fair Use Blog por Charles Johnson,  investigador principal del C4SS. Un punto de interés histórico, en la página 131 de The American as Anarchist de David DeLeon, está el siguiente curioso pasaje sin cita:

“No debemos ignorar el perenne florecimiento de criticismo al poder y las idealistas demandas por una política de realización individual simplemente porque (como comenta Karl Hess) los pétalos parecen ser rojo y negros en vez de formalmente rojo, blanco y azul.”

Pensamos que habiendo rastreado, sino la fuente, al menos la fuente del sentimiento encontrado en el pasaje de DeLeon. Después de leer el siguiente artículo y quedar impresionado por la apasionada solicitud de radicalismo de parte de Hess para su viejo amigo Barry Goldwater, nosotros en C4SS hemos republicado el artículo de Hess aquí. Hess fue un amigo cercano  de Barry Goldwater durante el inicio de los 60s y trabajó como el principal redactor de discursos durante su campaña presidencial de 1964.

*     *     *

Probablemente esto no es el tema principal o imperante en su agenda. Pero todos sabemos y luego tú pueda que te pongas a pensar acerca del porqué ahora estamos en lados opuestos de la cerca o porqué la cerca está creciendo cada día más hasta parecerse a una barricada. Mi lado es el que en líneas generales es llamado la Nueva Izquierda, posición que tú podrás indudablemente referido miles de veces en miles de discursos pero acerca de lo cual, si el presente es una indicación, tú podrías saber menos y menos usualmente cuando más lo mencionas.

La primera cosa que me atrae de la Nueva Izquierda fue el tono familiar con lo que estaba siendo dicho aquí. Descentralización. El retorno a la gente del real poder político, todo el poder. También había algo muy atractivo en el análisis de la Nueva Izquierda del sistema corporativo americano y su uso de poder político para preservarse y crecer a sí mismo. La manera en que las largas corporaciones estuvieron tan rotundamente opuestas a ti y apoyaron a Johnson, por ejemplo, ciertamente hace parecer inútil preguntar el porqué. ¿Podría haber sido que tú probablemente no hayas seguido el juego tan bien como él?

Estaba, por supuesto,  un aparentemente disonante sonido en la actitud de la Nueva Izquierda hacia las aventuras americanas en el extranjero. Tu habías defendido y yo completamente secundado; la noción que, moralmente, las armas americanas podrían y serían usadas en cualquier lugar para defendernos de cualquier incursión de ELLOS. La pregunta crucial que yo permití, incluso obligado, preguntarme a mí mismo, y qué seguro nunca te debes enfrentar si tú sigues manteniendo tu posición respecto de ELLOS, sería simplemente quiénes son ELLOS. Quién lo iba decir ELLOS han resultado ser muy parecidos a NOSOTROS.

Hay que afrontarlo, estábamos tratando de hacerlo de las dos maneras.  Por un lado, hablábamos de la libertad; por otra parte, armando, aventurando, buscando y apresando. Hablábamos de un mundo que no podía ser mitad oprimido y mitad libre, pero hemos trabajado para un mundo que sería todo americano. Hablábamos de lo malvado del poder federal pero exasperadamente dábamos visto bueno a los mismos males en el nivel local. Hablábamos de admitir a los negros en nuestro granero, pero cuando vino la liberación, hablábamos de ley y orden.

Contradicciones como esta inevitablemente derrumbaban cualquier estructura, incluso una amistad e incluso un mundo, que alguna vez tú veías entonces. Porque tú eres, hasta ahora como mi experiencia me ha permitido juzgar, el más esencialmente honesto y potencialmente radical figura política americana; yo sigo apostando que ellos podrán derribar tu posición y ese día te encontrarás a ti mismo en el otro lado de las barricadas. De hecho, la última vez que nos encontramos tú estabas al borde de esa posición, de todos modos. Tú lo describiste por ti mismo un día durante tu exitosa campaña para la reelección en el Senado en 1968. Nosotros estábamos en tu sala de estar, solo conversando. Cuando las historia sea escrita, tú dijiste: “Te apuesto que la Vieja Derecha y la Nueva Izquierda serán puestas como teniendo mucho en común y que la gente en el medio eran los enemigos.” Eso es cierto. Ellos lo hacen y ellos lo son.

Esa misma semana, según yo recuerdo, tú hablaste en la Universidad de Arizona donde tú dijiste que tenías “mucho en común con la facción anarquista del SDS.” Anarquista! SDS! ¿Recuerdas? Tú dijiste esas palabras y tú no estabas balbuceando. En ese punto es que tú tienes o al menos tenías, mucho en común con la mayoría del SDS. Ahora es probable su turno para inhalar la desconfianza e incluso la burla, y yo sí admito que reste importancia ligeramente sobre detalles como el imperialismo; pero al menos, tú entonces y el SDS ahora, contaban con captar de raíz ciertos problemas políticos radicalmente.

Incluso antes de hacer tu discurso acerca de ciertos intereses comunes con la SDS, el expresidente del SDS Carl Oglesby conocía que había por lo menos históricamente eco de la derecha en posiciones que han pasado a ser vistas como de la Nueva Izquierda. El Senador Taft, por ejemplo, lideró la lucha contra la OTAN, haciendo muchos de los mismos puntos que la SDS hacía en larga escala acerca del imperialismo. Yo sé que tú partiste hace mucho tiempo de una posición en política exterior incluso aproximadamente relacionada con la del Senador Taft, pero tal vez sabiendo que la posición de la Nueva Izquierda no es la flor crecida de la frente del Presidente Mao podría al menos dejarte examinar, o re-examinar, el rol de América como policía del mundo y protector de los mercados.

¿Por qué incluso molestarme en esa sugerencia? La respuesta es probablemente más romántica que razonable. El sentido común me dice que la retórica ha terminado y la revolución ha comenzado. Pero la nostalgia sigue sugiriéndome que tal vez podamos hablar por un minuto e incluso coincidir que eso sería mucho mejor y mucho más decente; para desistir del poder más para no tener que atravesar, una vez más, la agonía de tenerlo para ser arrebatado. Yo sé, que al menos presiento esta vez, como tú contemplabas los cambios cuando tú sentías que eran inevitables y no estaban muy a lo lejos.

Tú causaste virtualmente apoplejía dentro de los conservadores cuando hablaste, como lo hiciste en 1964, de la inevitabilidad de un gobierno mundial, que tú viste desarrollándose a través del crecimiento político de tales disposiciones militares como OTAN. Tú percepción de cambio estaba bien. Tú noción de cómo sería conseguido, si te pones a pensar acerca de ello, que yo debo admitir muy pocos de nosotros lo hicimos durante los agitados días de campaña, fue una contradicción clara en tus otros principios, aquellos observando el retorno del poder político a los individuos. Para un hombre tan desconfiado del gobierno central como tú eras, la idea de aceptar incluso la posibilidad de un enorme, totalitario, todopoderoso gobierno estaba 180 grados fuera. Clarence Streit y otros liberales lo pensaron como una luz de esperanza en tu de otra manera confuso aspecto, por supuesto. Otra vez más tú estabas bastante acertado en tu percepción: los liberales son estúpidos. La única cosa peor que un gran gobierno es un gobierno incluso más grande.

Fue la Nueva Izquierda la que más agudamente delineo la dirección que era consistente con tus principios, descentralización. El movimiento temprano del SDS en la organización comunal fue una manifestación de esto. El presente y, pienso yo, monumentalmente significativo trabajo acerca del gobierno comunal por Milton Kotler, un colega mío en el Institute for Policy Studies, es más enfáticamente libertario en naturaleza que cualquier pronunciamiento, acción, postura o propuesta de todo el Partido Republicano, con los demócratas estando fuera de lugar. En el presente movimiento del SDS afuera en las comunas, campos y fábricas, así como en las escuelas, es  un profundo involucramiento en poner de nuevo el poder dónde tú, más enfáticamente que todos los políticos actuales, siempre dijiste que pertenecía: en las manos de la gente, no la gente en una abstracción sociológica, pero la gente en uno por uno, comunidad por comunidad.

En el largo tiempo la liberación de negros en esta tierra de esclavos perseguidos, tú también percibiste una transferencia de poder tan rápidamente como cualquiera, en ese entonces. Tú hablaste de los negros teniendo real poder político antes de ser libres y te arriesgaste a un baño de lodo político por enfatizar que lejos y más allá de la actual moda estúpida acerca de grandes y mejores cheques de bienestar; grandes y mejores de restricciones federales para gente ya ensangrentada por la blanca legislación liberal.

Hoy día hay negros que están poniendo en práctica lo que tú estabas hablando. Ellos están luchando por real poder político y lo conseguirán incluso si tienen que tomar parte en el combate. Las Panteras Negras son la vanguardia en esta lucha. Diecinueve han muerto hasta ahora. Ellos son la realidad negra del eco del pasado blanco que tú supuestamente respetabas e incluso venerabas, la primera Revolución Americana.

Senador, si tú hubieras nacido negro y pobre, tú serías ahora un miembro de las Panteras Negras o seriamente he juzgado mal la fortaleza de tú carácter y convicciones.

Las Panteras Negras están muriendo por el tipo de libertad del que tú solías hablar. Muriendo, jefe, no hablando. No puedes escuchar la voz de un hermano incluso cuando este es su último suspiro. Extremismo en defensa de la libertad no es ningún vicio y la moderación en búsqueda de la justicia no es virtud, y en el nombre de Jefferson, Adams y los otros abuelos nuestros que dijeron al diablo con los reyes extranjeros y  las guerras, y vinieron a Estados Unidos, donde en todos esos nombres está un más extremo aferro a la libertad y justicia que en esta colonia negra ahora separándose. Aquí hay gente que desesperadamente necesita algunos compañeros extremistas en algún lugar arriba en el confuso Washington para hablar, y ellos todo lo que escuchan es ley y orden; ley y orden, el rechinar de las celdas, el ruido de los garrotes y el chasquido de pequeñas armas de fuego.

No habrá una oportunidad para hablar ahora porque las guerras son siempre demasiado ruidosas. Pero mientras haya una oportunidad, dónde estás tú. Dónde estamos todos, todos los que nos ganábamos la vida hablando de la libertad, luego no pudimos reconocerla cuando empezó a florecer en nuestros pies porque sus pétalos eran negros y rojos, y no rojo, blanco y azul.

Yo supongo que hubiera sido un suicidio político si hablabas con un miembro de las Panteras Negras cuando tú querías recuperar tu lugar en el Senado. Pero tú te enfrentaste a eso una vez antes y ni siquiera pestañaste. ¿Recuerdas?

En 1964, parecía como si hubiera una real posibilidad de tensiones raciales resultantes de tu campaña.  Yo suelo pensarte como daltónico en temas raciales como cualquier hombre en la política americana pero la imagen de la mayoría de tus pueblerinos seguidores lo enturbió todo y el tema racial fue una preocupación en alza. Para hacerlo peor algunos de tus más respetados asesores políticos, reales profesionales, habían hablado largo y tendido acerca de los efectos beneficiosos de los disturbios raciales en tu candidatura como para sonar las alarmas para cualquiera. Ellos afirmaban que un buen enfrentamiento racial te pondría en el cargo. Ellos sabían mucho antes que Spiro Agnew y probablemente tan pronto como George Wallace que millones de americanos blancos estaban tan llenos de miedo del movimiento de liberación negra y que puede requerir un poco de violencia para desestabilizar cualquier gobierno y poner un hombre con una dura reputación,  eso era el tipo de reputación que tú tenías.

Estoy convencido que, de no haber sido por una crucial acción tuya, los esfuerzos para incitar problemas raciales podrían haber sido inevitables. Pero tú tomaste acción, arriesgando toda tu campaña como lo hiciste. Tú llamaste a algunos reporteros claves para ofrecer extraoficialmente una sesión informativa y tú marcaste un solo punto; tú dijiste que de haber cualquier disturbio racial resultante de tu candidatura, tú abandonarías la campaña incluso si sucede un día antes de la elección. Fue una promesa comprometedora y yo sabía que tú lo decías en serio. No solo detuvo algún loco escandaloso entre tus partidarios pero también te puso en la línea de acabar con tu candidatura si hubiera un problema, sin importar la causa.

Verás tú, son cosas como esa, el tipo de coraje y convicción que liberales corporativos y conservadores de country club quienes tanto admirabas no podrían ni siquiera imaginar, lo que me hace extrañarte desde este lado de las barricadas.

Pero este lado, tú probablemente sientas, no es anticomunista y tú has pasado tu vida luchando contra en el comunismo. Bien, yo también. Por eso no fue fácil solo luchar, yo me detuve a pensar acerca de qué demonios era contra lo que estábamos luchando en primer lugar. Yo podría juzgar, por todo lo leído, que los anticomunistas de hoy día están operando casi exclusivamente con información, imágenes y disposiciones formadas en los 30s y 40s.

Recientes los horrores de la Gran Purga, la matanza de Ucrania, el ascenso del estalinismo, fue fácil entonces ser anti-comunista. Era muy fácil, de hecho, eso distorsiono completamente la dirección de la derecha en América. Esa dirección había sido muy individualista, aislacionista, descentralista, incluso anarquista y ciertamente radical comparado con el estatismo corporativo que ha ascendido siempre desde Herbert Hooverrefinando el proceso de racionalización federal de la economía.

El anti-comunismo cambió la dirección de la derecha, que yo siento, de haber quedado tranquila, podría hoy día estar cerca de la Nueva Izquierda en la mayoría de los temas. El anti-comunismo no examinado hace posible esta cooptación: que el rol propio del gobierno podría ser la mejoría del crecimiento industrial y beneficio corporativo como parte de la construcción de una nación fuerte para repeler la amenaza roja; que el entrenamiento ciudadano debía ser intensificado, la educación redirigida, y ciertas libertades abandonadas en orden de, adivínalo, preservar la libertad.

Te apuesto una foto autografiada de Jerry Rubin contra una calcomanía de bandera deReaders Digest que ninguno de tus amigos que son tan obstinadamente anti-comunista hoy día pueda honestamente informarte de las esenciales diferencias entre los comunismos de Corea del Norte, Vietnam, Cuba y Rusia. Entre China y Polonia, entre Rumanía y Hungría y demás. Yo doblo la diferencia de todo la apuesta que ellos no podrían ni siquiera saber por dónde empezar a ver para encontrar que es lo que las Panteras Negras, SDS, y en general la Nueva Izquierda tienen que decir del Comunismo Soviético, del comunismo de la “c” pequeña, acerca de Marcuse, acerca de cualquier cosa.

Senador, el mundo ha cambiado. El Gobierno Provisional Revolucionario en Vietnam del Sur (esa es nuestra gente, no la suya) ha emitido una plataforma política que evidencia mucha preocupación por la libertad individual, libertad de comercio y posesión de propiedad privada cosas con la que los republicanos solían entusiasmarse antes de que ganaran poder político. ¿Lo has leído? Si lo has leído pero no lo has creído, has actualmente comprobado tus dudas.

Yo supongo que el solo hecho de mencionar Vietnam podría causar que dejes de leer esto, si es que comenzaste. Yo sé cómo profundamente te sientes acerca de eso, porque una vez yo me sentía de la misma manera. Yo solo puedo bosquejar que pasará y sugerir que si alguna vez tienes ganas de seguir el mismo camino, quién sabe, es posible todavía encontrarnos mutuamente otra vez.

Nosotros pensamos que Vietnam sería otro caso de comunismo “internacional” tratando de irrumpir en las fronteras del mundo libre. Diem estaba resistiendo a ELLOS, una historia que fue fácil de comprar e imposible de probar. Pero en verdad el Viet Cong era local, y estaba inclinado en buscar la justicia para los survietnamitas quienes fueron despojados de tierra y poder político por los políticos de Diem. A partir de ahí, los errores fueron agravándose.

Tú una vez dijiste que no valía ni una sola vida americana solo para “salvar la cara” en Vietnam. Pero. ¿Cuántas vidas están costando hoy solo hacer eso? Hoy la cara es Richard Nixon. Ayer fue Lyndon Johnson. Al menos tú diste uno o dos golpes a Johnson. ¿Es tu amigo Dick realmente diferente? ¿Has cambiado tu mente respecto a la fatal proporción entre una cara y vidas?

Se me ocurre a mí, Senador, que hay un documento escrito por un compañero llamado Goldwater, un general retirado de la Fuerza Aérea, que da en el clavo. Era un informe de situación que habías preparado para un proyecto de la Fuerza Aérea, según recuerdo. En él se discutía la convergencia entre naciones comunistas y no comunistas, pero tú no veías la convergencia como simplemente un asunto de dos bloques uniéndose. Tú sentías tal vez que el bloque comunista se rompería y las demandas de la gente serían sentidas, instituciones libres se desarrollarían fuertemente ahí, pero al mismo tiempo podrían desmoronarse en el otro bloque. Podría haber un tiempo, tú sentías, cuando Europa del Este estaría moviéndose en una dirección más libre mientras América este hundiéndose en la tiranía.

No está aquí ocurriendo algo familiar hoy en día. No hay de hecho más diferencia de hecho entre los partidos comunistas de Europa del Este que entre, vamos a decir, los demócratas y republicanos en este país. No estamos mostrando una tendencia para estar al lado de los soviéticos contra regímenes comunistas disidentes, China siendo el ejemplo principal. No hay aquí un resurgimiento entre tus propios colegas en el Senado y Congreso del síndrome seguridad-ley que hizo muy poco pero hirió demasiado durante los 50s. No estuvo allí algo mucho más que un letrero publicitario de la descripción de los disturbios policiales de Chicago como de la Primavera de Praga. No es Checoslovaquia como la Vietnam de Rusia, no tan brutal ni sangrienta pero tan igual de políticamente obscena.

Si alguna vez tienes la oportunidad de leer la literatura de la Nueva Izquierda, tú podrías sentir una impresión de reconocimiento, página por página, cuando encuentres muchos de los puntos que tú solías hacer en el análisis de la tregua entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Yo puedo imaginar que la palabra “izquierda” podría desanimarte; pero, en el sentido histórico, tú eras un izquierdista prominente cuando atacabas el poder establecido, como tú solías atacarlo. Tú incluso escribiste varias veces tu posición como siendo clásicamente liberal; clásicamente, eso es, izquierdismo. Es que el socialismo sigue siendo una palabra embrujada para ti. No debería. Tú estás apoyando una administración que práctica una forma de socialismo industrial-militar que desarrolló Bismarck. Es acaso el socialismo del control comunal de los recursos de la comunidad realmente más aterrador que eso.

Lo que me recuerda de Ocean Hil-Brownville, o el Parque del Pueblo. Senador, ellos estaban haciendo solo lo que tú solías hablar. Tú deberías haber estado aquí. Tus viejas ideas estuvieron.

Tú solías hacer a los liberales rabiar cuando hablabas contra la influencia federal en los colegios. Dinero federal, tú solías decir, inevitablemente encamina a pupilos federales, y los liberales palidecían, se levantaban los pantalones, y decían que eras un monstruo sin corazón. Bien, ellos trataron McCoy de la misma manera en Ocean Hill cuando él dijo que sus amigos deberían dirigir sus propios colegios y no tus amigos.

Y tu viejo amigo Ronald Reagan. Ahora aquí hay una lección de libertad para ti. En un lado está el Parque del Pueblo, en el otro lado está el Estado de California con su derecho de dominio público. Yo podría decir que robo la tierra. ¿Cómo, de todos modos, tú describes el derecho de dominio público? En el otro lado hay gente quienes tienen una exótica noción de propiedad. Ellos no pensaban que debería ser ejercida con la punta de una pistola o de una bayoneta. Ellos trabajaron la tierra. Ellos la ocuparon. Ellos la tuvieron en un sentido mucho más profundo que cualquier proclamación del gobierno. Piénsalo de esta manera; un trozo de papel del gobierno en un lado; real gente en el otro, y tu viejo amigo Ronald Reagan; así que ayúdanos, ahora apoyando un trozo de papel contra la gente, con tan aterradora diligencia como cualquier hombre con que alguna vez te enfrentaste en el terreno político. Senador, acaso tú realmente quieres ser el ayudante de sheriff del poder estatal. Es por eso que tú estás al otro lado de la valla en el Parque del Pueblo.

¿Generalmente los estudiantes están en desacuerdo? ¿Por qué tenías tú que descender tan firmemente por el lado de la policía? No recuerdas que ellos son empleados del estado, no de la gente. Como no podíamos haber tenido una voz rebelde, en tus mejores modales, cuando llegó la presión en Berkeley y Columbia. No era ese el tiempo para re-examinar la estructura completa del sistema. Había acaso un hombre más adecuado para hacerlo, después de haber pasado años hablando acerca de los peligros que la estandarización educativa podría llevar a la gente a conformarse en vez alentarlos a pensar. ¿Por qué tú no pudiste, de todos los hombres, mira lo que está en el otro lado de las lunas rotas en el campus?

Nosotros tuvimos una discusión acerca de la escena del campus, y me parecía claro que tú podrías haber estado en una posición muy diferente como un estudiante que tú como senador. No hace mucho tiempo, tú me recordaste, la marihuana era común en ser fumada como una variante del tabaco en el Suroeste. Nadie pensó mucho acerca de eso, tú dijiste. Yo no sabría exactamente qué es lo que pensabas de eso entonces, pero no puedo imaginar nadie más en el Senado con esa clase de buena, determinada devoción a principios políticos inadmisibles, quién podría tomar mejor la dirección en parar esta insensata conducta violenta contra la juventud yendo a lo largo del país en conexión con una droga, que tú admitiste libremente, eran tan común y mucho menos  problemático que el whisky de donde tú venías.

El draft es otro ataque a la gente joven que tú tomaste la dirección, alguna vez. Esa fue tu primera promesa de campaña. Tú no bromeabas acerca de eso. Tú dijiste que como presidente tú podías terminar el draft. Punto. Solo terminarlo. Tú no escondiste tu intención con un después de la emergencia o vamos a estudiarlo luego, como tu amigote Dick. Tú debes recordar que el draft fue tema de nuestra última conversación. En la preparación de tu retorno al Senado, yo trabaje en para una rotunda derogatoria deldraftque, yo sentí, podría apropiadamente ser tú primera acción cuando estés en el Senado y, con suerte, generar descontento en vez de reconocimiento.

Yo no lloro por la política nunca más, pero si lo hice, seguramente podría haber sido cuando tú contestaste que en vista de la legislación anti-draft, pensabas que deberías esperar y ver qué es lo que iba hacer Dick Nixon. Tú sabes lo que Dick Nixon siempre hace. Él vacila por un rato. Luego él titubea. Luego él muy cuidadosamente ordena en todas las direcciones una vez, arribando exactamente a ningún lugar poco tiempo después, pero prometiendo que mañana el comenzará de nuevo.

Pero, desde que regresaste al Senado, como si tú siempre estuviera chequeando con alguien para ver si la costa está vacía. Tú solías contar un chiste acerca de una pequeña anciana que te encontró en el lobby del hotel y pregunto si es tú que no eras el Senador Goldwater. Se hace cada vez menos gracioso con el transcurrir del tiempo. Algo está pasando afuera en el mundo, afuera en las calles. Mucho de ello envuelve cosas que tú decías y pensabas durante toda tu vida, mucho de ello envuelve cosas con las que tú discrepas profundamente pero deberían al menos ser sujeto a un nuevo diálogo. Todo ello envuelve una crisis básica, el tipo de fe perdida en el poder del estado que tú habías urgido, la aguda consciencia del significado de poder político como poder del pueblo contra el poder de las predominantes instituciones. De otro parte (yo quiero decir del otro lado, tú lado), hay estancamiento, resistencia al cambio radical, apoyo al poder establecido, reformismo liberal, reglas y represión por decreto y la más aberrante de todas las nociones orgánicamente colectivistas, que el estado realmente puede y debe clamar fidelidad, sangre y vidas de todos los nacidos en sus fronteras y demarcaciones.

Tal vez ese es el lugar en el que tú querías estar después de todo. Si tan solo leyera de ti a lo largo de los años, a lo largo de los años, yo podría llegar a una conclusión y deja caer el asunto como si fuera de poca importancia real. Pero en vez de eso, yo he trabajado a lo largo de los años. Yo pienso que incluso con un desacuerdo absoluto que ahora tengo contigo respecto al Imperialismo Americano, capitalismo corporativo-estatal, y anti-comunismo, ahí está un punto crucial de mutual interés con la Nueva Izquierda en vista del poder político (que existe propiamente solo en la gente y las comunidades) que tú deberías estar aquí y no allí. Porque este es donde todo está hoy en día, Senador. Aquí o allí. La izquierda de individuos de toda la tierra, recuperando el poder que los políticos y explotadores les quitaron a ellos. La derecha de la reacción, autoridad establecida, intereses particulares, policía, política, y poder.

Hubo un tiempo en el que te solías manejar como un político duro, contemplando molesto porque cada vez tú descubrías que te habías equivocado en una posición tú podrías solo corregirla y decir: “Amigos, yo estuve equivocado. Ahora así es como es.”

Bueno, otra vez, tomo una larga, mirada seria a las contradicciones entre libertad en casa, imperialismo en el extranjero; anti-colonialismo, colonialismo negro en casa; mercado libre en los discursos, complejo industrial-estatal en la realidad; responsabilidad local en las plataformas, supresión local en la estación policial; anti-comunismo para Castro, tregua para Brezhnev; exagerados regaños contra los programas de bienestar, descontrolada codicia para los programas bélicos.

Yo puedo tener que admitir que no es exactamente una línea muy larga haciendo cola en la Nueva Izquierda para escucharte. Pero para mí hay mucho más espacio para ti aquí que en el Partido Republicano que mira a Everett Dirksen como un héroe y a ti como un disidente, respetable ahora porque pareces haber sido confinado a la rutina.

En el caso de que quieras visitarme mi lado en algún momento, siempre habrá un montón de panfletos y cosas alrededor que  tú podrías encontrar interesante. Ideas y, sobre todas las cosas, personas. Buenas personas. Pero si no, eso está bien. Nosotros arribaremos a tu camino de todas formas, tarde o temprano. Nos vemos. ¡Bien hecho!

Karl Hess fue editor de Newskweek. Él fue el autor principal de la programa republicano de 1960, co-autor del programa de 1964, y principal escritor de discursos de Goldwater.

Artículo original de Karl Hess publicado en Ramparts, republicado por James Tuttle en el Center for a Stateless Society el 15 de agosto del 2012.

Traducción del inglés por Camilo Gómez.

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